abril 05, 2009

finitudes

Cuando era niña me gustaba subir por las noches a la azotea de la casa de mis padres, en la costa del Pacífico mexicano; me tendía sobre el piso y me quedaba horas ahí, inmóvil, solo mirando al cielo. Las noches solían ser muy estrelladas y la bóveda celeste se me ofrecía como la puerta hacia mundos desconocidos, esos que yo presentía jamás tendría la oportunidad de imaginar siquiera, mucho menos contemplar, cosa que no me preocupaba en lo más mínimo, a esa edad yo era feliz con disfrutar de la oscuridad de la noche, mirando un cielo casi negro e iluminado por millones de puntitos brillantes. Y después de pasar un rato sin hacer nada más que contemplar el cielo, imaginado cualquier cantidad de historias fantasiosas, venía lo que más disfrutaba: cerrar los ojos y escuchar al mar. Aguzar los sentidos y constatar como a medida que avanzaba la noche, el oleaje iba subiendo de intensidad. Con los ojos cerrados y ya sin la distracción de las estrellas, podía percibir cómo iban agrandándose los sonidos producidos por el mar al estrellarse con las inmensas y agrestes rocas. Estar ahí, solo escuchando el romper de las majestuosas olas, me producía una fascinación inexplicable; no podía dejar pensar en los grandes misterios que ese mar guardaba y elucubrar en los muchos secretos que se había llevado para siempre, hasta lo más hondo de su profundidad. Y quizá por eso, contra la lógica más elemental, para aquella niña que fui, mientras el cielo era el límite... el mar representaba la inmensidad.

Un día dejé de ir a la casa costera de mis padres, no subí más a la azotea a contemplar las noches estrelladas; tampoco volví a arrullarme con el romper de las olas en aquellos agrestes acantilados, mientras soñaba con mundos marinos infinitos y misteriosos...




De un tiempo a esta parte
el infinito
se ha encogido
peligrosamente.

Quién iba a suponer
que segundo a segundo
cada migaja
de su pan sin límites
iba así a despeñarse
como canto rodado
en el abismo.

[El infinito Mario Benedetti]


imagen: Bretaña Francesa

8 comentarios:

Luis Alvaz dijo...

el cielo es límite,
el mar la inmensidad


... quién dice que no eres poeta. Creo que pocas narraciones que leo últimamente me llenan de tantas imágenes como las tuyas.

Si no vivimos eso que tú viviste en tu infancia, podemos rememorarlo como si perteneciera a nosotros, gracias a tus palabras.

Saludos y un abrazo (ahora cierro los ojos y escucho el mar)

marichuy dijo...

Luis de mi corazón

Viniendo de ti, semejante halago casi me ruboriza.

Yo tenía diez años, mis padres ya no vivan en el pueblo donde nací; se habían marchado, en busca de una nueva vida, a la región costera de mi estado natal.

Hoy, lejanas ya esas noches pobladas de estrellas y sonidos marítimos... ¿cómo no extrañar el romper de las olas en esas rocas tan imponentes?

El mar y el cielo decembrinos del Pacífico mexicano, tienen para mí una magia muy especial.

Un abrazo y gracias

jota pe dijo...

-- marichuy, yo naci en el defectuoso y salir al campo a veces era un tormento, cuando te leo creo que me perdi de una gran experiencia, que delicia de historia, gracias

marichuy dijo...

Jota-pe

Bueno, yo emigré a esta ciudad muy chica aún; de hecho, cuando sucedía esto en la casa costera de mis padres, ya vivía yo acá en el D.F.
y solo iba a pasar mis vacaciones escolares allá.

Saludos

Abraxas dijo...

¿Este es como el blog VIP? Me siento halagado por la invitación.

Esas finitudes no deberían acabarse nunca... Que bonito post.

:)

Juan! dijo...

Eso de sentir como el cielo casi se viene encima por tantas estrellas, escuchar el mar... Estas letras tuyas me transportan a momentos más felices.

Bellísimo paisanita!

Por eso soy fan

marichuy dijo...

Ay mi Abraxas ¿cuál Blog VIP?

N'Hombre, solo se trata de mi blog de mescolanzas más desubicadas que el otro. Aqui conviven desde videoclips de hombres semi-encuerados, hasta uno que otro despotrique político.

Saludos y sea usted bienvenido

marichuy dijo...

Juan

Las noches costeñas tiene un encanto muy especial.

Besos querido y gracias