
Es un martes que sabe a domingo; cargado de tristezas que no tienen motivo aparente. Es un tiempo lleno de cuestionamientos que no tienen respuesta. O más bien, es un día, un tiempo, plagado de cuestionamientos cuyas respuestas, por sabidas... son temidas.
Hacer un viaje al interior de uno mismo, es quizá lo más difícil que existe. Por eso siempre voy al exterior, por eso mi terco afán de abordar aviones y cruzar océanos. Pero todo tiene un limite y el mío... ya ha llegado.
Y sí, esto es una reflexión supínamente egocéntrica, llena de filosofía barata; pero también... absolutamente honesta.
"A mi amigo el poeta le duelen los domingos,
le estorban los domingos.
Pero él no sabe que a todos ha pasado
despertar de hastío,
pesar por un instante en el suicidio o
recordar llorando el amor más fuerte cuando niños.
Él no sabe que todos somos
soledad en el domingo
buscando la mano de los otros,
y en el lamento que a sí mismo se destroza
la memoria dictándonos el drama de ese día.
Tal vez no es el domingo, amigo mío,
sino el silencio, ese ruido interior
que tanto enseña y tanto duele.
Mas para este dolor no hay medicina.
Es el dolor viajero en las edades,
el que siempre ha vivido con el tiempo
habitante en las carnes de los siglos.
Por tres monedas se lo niega
o se lo evade con la risa
y se le inventa un nombre ajeno.
Allí está, como una llaga,
eco del eco en la garganta de los días,
en el andar que vive en cada paso
y sólo muere con la muerte.
No hay medicina, amigo mío,
para el dolor que es ser
en la existencia."
Andrea Montiel
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