"But it is on account of the ill-natured, fetid,
corrupt, putrid and loathsome vapours close
to the region of the heart and of the lungs,
whereby they grow ill, and the panting of the
breath itself magnifies and increases and restricts:
because of the external heat and fire
itself near the heart."
Forestier. Tractatus contra pestilentiam thenasmonem et dissinteriam. 1490
1485. La casa de los Estuardo prevalece sobre la de York; la fase final de la guerra de las dos rosas. Empero, los festejos de la coronación de Enrique VII fueron pospuestos por el equivalente a “Jack el destripador” en el área de la infectología: el sudor anglicus.
Flemático –con denominación de origen- y todo un caballero: 24 horas bastaban para decidir la permanencia o el exilio de la corriente vital.
El alcalde de Londres fallece al día siguiente de presentar fiebre de inicio súbito, con todo su cortejo sintomático: cefalea, mialgias, artralgias; postración… y una diaforesis característica –las condiciones de higiene en Europa del siglo XV no diferían mucho de las retratadas por Patrick Süskind en El perfume, por lo que ya cabrá imaginarse la potencia odorífera de un sudor “pestilente” de acuerdo a los relatos de la época-. Las erupciones cutáneas, las hemorragias, la dificultad para respirar, los signos de afección neurológica (fotofobia, vómito, delirium, parálisis, somnolencia) eran el preámbulo seguro de la muerte; empero, las Keres y Tánatos ahora segaban las espigas doradas: los varones jóvenes.
1508. Oxford. Las “herejías” de Wickliffe –que serían la chispa que Martín Lutero convertiría en la hoguera de Roma- y la represión eclesiástica minaron la escuela filosófica; muy atrás habían quedado Escoto, Bacon, Occam -cuya navaja no le salvó de la guadaña-: la muerte es la única que no sabe de rezagos. Los catedráticos se revolvían, inquietos, sobre las frías baldosas. Recordaban la obra de la pestilentia, 150 años atrás, cuando el diezmado clero no se daba abasto para administrar los últimos sacramentos: las sombras caían en su derredor, como relataban las crónicas. ¿Acaso era una versión de la muerte negra? ¿Cuerpo sobrecargado de humores? Tal vez. ¿Castigo por gula y lujuria? Quizá, después de todo eran universitarios. ¿Porosidades corporales dilatadas artificialmente por los baños? Poco probable. Las palabras de Jaume D’Agramont pendían como espada de Damocles: “la relación con una víctima de enfermedad pestilencial provoca la transmisión de la enfermedad de una persona a otra como un fuego salvaje, a menos que Dios proteja con su gracia”. Tanto clérigos como seglares se preguntaban dónde estaba la gracia divina en estas circunstancias*. Sir Thomas More debió advertir al cardenal Wolsey sobre la desastrosa mortalidad entre los estudiantes de Oxford y Cambridge.
*Wickliffe se la ganó a pulso: antes de ser arrestado, enjuiciado y quemado en la hoguera, murió a consecuencia de una apoplejía -la segunda- mientras dirigía una misa (no ipso facto, pero lo salvó de todos modos).
1529. Salón del antiguo castillo de Marburg. El landgrave Felipe de Hessen nos dirige una mirada –entre conciliadora y resignada- tras el óleo de August Noack, en tanto que Lutero y Zwinglio se enfrascan en debates teológicos.
Z: Este texto de San Juan os retuerce el pescuezo
L: No os ensoberbezcáis tanto, estáis en Hessen y no en Suiza. Aquí el pescuezo no se retuerce así
Z: Son diversas las formas de expresarse, excusadme
El buen Felipe, con un gesto, dio por buena la excusa.
El sudor anglicus llegó tres días después de iniciado el combate ideológico para zanjar diferencias –de acuerdo a los organizadores del coloquio- pero sólo hubo un caso, que además se curó; los caminos del señor son inescrutables: quizá bastaba verles las caras a los contendientes para apreciar que nunca podrían llegar a un acuerdo y ¿qué mejor que una epidemia mortífera para acallar las disputas? Ephimera anglica pestilens.
1551. Septiembre. Este Sir se disipa entre la neblina londinense.
Los puertos del norte de Inglaterra sostenían relaciones comerciales con escandinavos y rusos: la fiebre hemorrágica de Omsk y la encefalitis del grupo B tienen cuadros clínicos similares al del sudor inglés. La “preferencia” estacional, los lapsos irregulares entre las cinco epidemias conocidas, la afección de hombres jóvenes y generalmente de buena posición económica –las exposiciones previas en los sectores vulnerables les prestan inmunidad adquirida- y otros factores más permiten encaminarnos a su origen viral.
En base a los registros de John Caius, algunos llegaron a considerarlo como “una forma violenta de influenza”. Sin embargo, la mayoría de los investigadores se decantan por los Arbovirus, especialmente por el síndrome pulmonar por Hantavirus, e incluso por el virus de la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo…ante el debate de la presencia de signos hemorrágicos, se ha comentado que el miedo ante la enfermedad, más la medida de envolver al paciente completamente, no permitían que los médicos realizaran una exploración física minuciosa (casi como los internos de pregrado del siglo XXI). Pero algo es seguro: no tenían bubas; así que mi Yersinia pestis puede seguir durmiendo el sueño de los justos en mi cama…ya que también se ha especulado que las pandemias atribuidas a la peste fueron variantes de un Filovirus: el Ébola (tengo que conseguir la versión giant microbes®).
O tal vez, -a lo U. Eco-: “Hay enfermedades que sorprenden sólo a individuos, en lugares y tiempos diferentes, como el Sudor anglicus, otras peculiares a una sola región, como
Con su permiso, tengo una cita de reencuentro con El séptimo sello de Bergman.

