
- ¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
- Comala, señor.
- ¿Está seguro de que ya es Comala?
- Seguro, señor.
- ¿Y por qué se ve esto tan triste?
- Son los tiempos, señor.
Pedro Páramo. Juan Rulfo.
Oaxaca es un estado enorme, no sólo en cuanto a extensión geográfica: es un complejo humano tan intrincado como los mosaicos árabes y la geometría cuasicristalina decagonal avanzada de sus
girih; un universo paralelo que me tendió su mano seductora a través de un artículo de José Luis Kraft en la revista Chispa; empero, sólo las manos de Ondina de la matriarca me sumergían en los estanques de una continua búsqueda.
Indagación introspectiva a lo Juan Preciado: “Vine a Oaxaca porque me dijeron que acá vivía mi abuela paterna, una tal Ofelia Velasco. Mi bisabuela materna me lo dijo.” Y encontré Comala: lo juro; sólo que bajo el espurio:
Santo Domingo Yanhuitlán.
Tras casi ocho horas de serranías impresionantes, cactáceas dispersas entre maizales, iglesias rosa mexicano y azul pastel que alternaban entre hondonadas y cimas, descender de la camioneta Nissan donde papá transportaba sus trabajos de Hefesto contemporáneo fue recordar que los tríceps surales necesitan estirarse y contraerse: para eso están diseñados. Empero, mi cuerpo no advirtió que la mente aún se encontraba de viaje, y mucho menos que incursionaría en el mundo
Rulfiano, sin mayores preámbulos que esa enorme construcción dominica del siglo XVI que se apreciaba a borde de carretera: un imponente monasterio asentado en la plataforma del otrora centro ceremonial prehispánico (la impronta visual permanece, aun cuando en tierras morelenses puedo apreciar la ruta de los conventos) que dejaba en el aire un dejo muy extraño; no sólo se trataba del espíritu
per se de las vetustas maderas y canteras: en ese sitio existía algo inefable, intangible -pero casi perceptible por la retina- que estimuló sobremanera mi instinto de rata.
Puesto que sólo hacía falta aproximadamente una hora para llegar a la Antigua Antequera, mi padre accedió a la petición de hacer una pausa espacio-temporal (sin imaginar que así sería, literalmente). Mientras mis hermanos deambulaban, mamá apreciaba la magnífica vista de la serranía y papá dormitaba en las escaleras, me dediqué al noble arte de escudriñar a las figuras que -de forma fugaz- se anteponían a esos gruesos muros con sus sobrias tallas; un hecho en particular llamó mi atención: en ese poblado mixteco, el tránsito humano era lo más alejado a la iglesia: el signo de la cruz se realizaba de forma rápida, en ese gesto característico de invocación, no de evocación.
Mientras me debatía en el deseo morboso de atisbar en la obscuridad, entre el aire gélido que emanaba de las puertas apolilladas, una mano me envolvió la articulación de la muñeca:
“¿No vienes al zocalito? está aquí abajito”
Mi madre me dio la vida, y casi me la arrebata en ese instante: Sólo porque Dios es grande no me quedé “
acalambrado, como los que mueren muertos de miedo”. Quid pro quo.
“Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol”. En aquella diminuta plaza no se escuchaba la algarabía infantil, ni la cacofonía del trabajo: un silencio sobrenatural engullía nuestras presencias. Incluso la tienda de Diconsa permanecía solitaria: Sólo una señora emergió de aquella tierra agreste; atemporal, arquetípica, con su rebozo luido y la tierra labrada en la piel.
- Ustedes no son de aquí
- De Morelos
- Ah. Dicen que es lejos, pero no tanto. Cerquita de Puebla
- Sí*
*Mi habilidad verbal a los 11 años persiste tranquilamente a los 26: ya que los diálogos no son lo mío, me he enfrascado en los monólogos interminables ¿se nota?- Se ve niña y a la vez no tanto. Son los ojos**.
- ¿Por qué su iglesia está cerrada? (Sólo el Daimón de la curiosidad me impele a hablar)
- Hay cosas que no se deben ver, sabe usted. Menos a su edad. Mañana es uno de los días en que la iglesia abre. Pero no vengas. Todavía no le toca. Dios se entiende de muchas maneras, pero los caminos no se apresuran.
* *¿Acaso lo tengo escrito en el rostro en algún lenguaje sólo asequible a las mujeres mayores?Su uso alternado entre el “tú” y el diplomático “usted” me dejaron aun más perpleja: el oráculo de Delfos y sus crípticas Febades estaban aquí. ¿Destruiría mi reino por una interpretación errónea? La revolución hormonal me dificultaba aún más la abstracción.
Lapsus: Por la mujer del oráculo que aparece en 300, lo pensaría (por otra parte, los éforos me despertaron una repulsión como pocos entes del cine, especialmente por el hecho de que no difieren mucho de los sacerdotes reales). No, esperen: daría mi reino por Hypatia, especialmente considerando el hecho de que mi fantasía será encarnada por Raquel Weisz en Ágora). La mujer salió con una bolsa de Maseca y un kilo de arroz, desapareciendo en la misma forma sosegada en que había llegado. Mi madre se incorporó, con esa chispa de inquietud en la mirada que me provocaba una punzada: advertir cosas fuera de la jurisdicción de la vista era un talento que codiciaba como pocos en mi adolescencia, hasta que descubrí a mi roedor interior: el mismo que ha cavado madrigueras al mejor estilo de Hieronymus Bosch.
El tendajón del pueblo mostraba un curioso altar: herraduras, clavos, ruda, un cráneo de cerámica… no hizo falta voltear para percibir las brasas en los ojos del propietario; podía confiar en el instinto de rata.
Sabía que retornaría. La necesidad de ver trasciende todos los tabúes.
Salí a contemplar la mole del exconvento perfilándose en el atardecer.
“Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer”. Recuento: He retornado en tres ocasiones, pero por razones ignotas, nunca he podido ingresar a la iglesia. He penetrado en los recovecos del exconvento -bajo el auspicio del INAH- pero lo que percibí allí no me dejó con deseos de volver a hacerlo (aun con la impresionante belleza arquitectónica que lo envuelve, como
femme fatale).
Nuestra Señora La Muerte preside -de forma indiscutible- la sala
de profundis de este sitio: el ejemplar más antiguo –y aparentemente el único- existente de las carretas de la muerte (parte de la procesión de la Cofradía del Santo Entierro), prohibidas por el alto clero e incineradas la mayoría de ellas. El único sitio que me ofrece una sensación similar es Zirahuén*, en el estado de Michoacán: mis dos Comalas.
*Humm…Preparaban un café de olla con propiedades inverosímiles (aunque el café “La Lucha” de Uruapan también es muy bueno). Por si les interesa:
Por qué los Domini Canis me suscitan trastorno de estrés postraumáticoProcesos inquisitoriales en Yanhuitlán