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febrero 27, 2010

no es la maladie d'amour

ustedes perdonarán lo desatendido que está este blog...

 

Y no es precisamente... a causa de La maladie d'amour.

Ni siquiera, por una enfermedad como la de la dama en la imagen. Sólo que hay ocasiones, en las que nada medianamente digno de postear se aparece por mi cabecita. 

Quién como el poeta rumano Tudor Arghezi, para escribir así:

Te busco en el bullicio, en el silencio,
y así como a una presa te persigo
por ver si tú eres el halcón que busco
y postrarme a tus pies o aniquilarte.

Entre la negación y la creencia
ando en tu siga inútil y audazmente.
Eres el alto sueño que mantengo:
no puedo derribarte de tu cielo.

Como en la superficie de una charca
de pronto te apareces o te ocultas,
te distingo entre estrellas o entre peces
como el toro salvaje cuando bebe.

En esta hora a solas con tu historia
he decidido combatir contigo
y no quiero alcanzar una victoria
sino tocarte y proclamar que existes.

[Salmo de Tudor Arghezi; versión de Pablo Neruda]

septiembre 04, 2009

Domini Canis ¿o Diaboli Lupus?



- ¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
- Comala, señor.
- ¿Está seguro de que ya es Comala?
- Seguro, señor.
- ¿Y por qué se ve esto tan triste?
- Son los tiempos, señor.
Pedro Páramo. Juan Rulfo.

Oaxaca es un estado enorme, no sólo en cuanto a extensión geográfica: es un complejo humano tan intrincado como los mosaicos árabes y la geometría cuasicristalina decagonal avanzada de sus girih; un universo paralelo que me tendió su mano seductora a través de un artículo de José Luis Kraft en la revista Chispa; empero, sólo las manos de Ondina de la matriarca me sumergían en los estanques de una continua búsqueda.

Indagación introspectiva a lo Juan Preciado: “Vine a Oaxaca porque me dijeron que acá vivía mi abuela paterna, una tal Ofelia Velasco. Mi bisabuela materna me lo dijo.” Y encontré Comala: lo juro; sólo que bajo el espurio: Santo Domingo Yanhuitlán.

Tras casi ocho horas de serranías impresionantes, cactáceas dispersas entre maizales, iglesias rosa mexicano y azul pastel que alternaban entre hondonadas y cimas, descender de la camioneta Nissan donde papá transportaba sus trabajos de Hefesto contemporáneo fue recordar que los tríceps surales necesitan estirarse y contraerse: para eso están diseñados. Empero, mi cuerpo no advirtió que la mente aún se encontraba de viaje, y mucho menos que incursionaría en el mundo Rulfiano, sin mayores preámbulos que esa enorme construcción dominica del siglo XVI que se apreciaba a borde de carretera: un imponente monasterio asentado en la plataforma del otrora centro ceremonial prehispánico (la impronta visual permanece, aun cuando en tierras morelenses puedo apreciar la ruta de los conventos) que dejaba en el aire un dejo muy extraño; no sólo se trataba del espíritu per se de las vetustas maderas y canteras: en ese sitio existía algo inefable, intangible -pero casi perceptible por la retina- que estimuló sobremanera mi instinto de rata.

Puesto que sólo hacía falta aproximadamente una hora para llegar a la Antigua Antequera, mi padre accedió a la petición de hacer una pausa espacio-temporal (sin imaginar que así sería, literalmente). Mientras mis hermanos deambulaban, mamá apreciaba la magnífica vista de la serranía y papá dormitaba en las escaleras, me dediqué al noble arte de escudriñar a las figuras que -de forma fugaz- se anteponían a esos gruesos muros con sus sobrias tallas; un hecho en particular llamó mi atención: en ese poblado mixteco, el tránsito humano era lo más alejado a la iglesia: el signo de la cruz se realizaba de forma rápida, en ese gesto característico de invocación, no de evocación.

Mientras me debatía en el deseo morboso de atisbar en la obscuridad, entre el aire gélido que emanaba de las puertas apolilladas, una mano me envolvió la articulación de la muñeca:

“¿No vienes al zocalito? está aquí abajito”

Mi madre me dio la vida, y casi me la arrebata en ese instante: Sólo porque Dios es grande no me quedé “acalambrado, como los que mueren muertos de miedo”. Quid pro quo.

“Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aún las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol”. En aquella diminuta plaza no se escuchaba la algarabía infantil, ni la cacofonía del trabajo: un silencio sobrenatural engullía nuestras presencias. Incluso la tienda de Diconsa permanecía solitaria: Sólo una señora emergió de aquella tierra agreste; atemporal, arquetípica, con su rebozo luido y la tierra labrada en la piel.

- Ustedes no son de aquí
- De Morelos
- Ah. Dicen que es lejos, pero no tanto. Cerquita de Puebla
- Sí*
*Mi habilidad verbal a los 11 años persiste tranquilamente a los 26: ya que los diálogos no son lo mío, me he enfrascado en los monólogos interminables ¿se nota?
- Se ve niña y a la vez no tanto. Son los ojos**.
- ¿Por qué su iglesia está cerrada? (Sólo el Daimón de la curiosidad me impele a hablar)
- Hay cosas que no se deben ver, sabe usted. Menos a su edad. Mañana es uno de los días en que la iglesia abre. Pero no vengas. Todavía no le toca. Dios se entiende de muchas maneras, pero los caminos no se apresuran.

* *¿Acaso lo tengo escrito en el rostro en algún lenguaje sólo asequible a las mujeres mayores?


Su uso alternado entre el “tú” y el diplomático “usted” me dejaron aun más perpleja: el oráculo de Delfos y sus crípticas Febades estaban aquí. ¿Destruiría mi reino por una interpretación errónea? La revolución hormonal me dificultaba aún más la abstracción.
Lapsus: Por la mujer del oráculo que aparece en 300, lo pensaría (por otra parte, los éforos me despertaron una repulsión como pocos entes del cine, especialmente por el hecho de que no difieren mucho de los sacerdotes reales). No, esperen: daría mi reino por Hypatia, especialmente considerando el hecho de que mi fantasía será encarnada por Raquel Weisz en Ágora).

La mujer salió con una bolsa de Maseca y un kilo de arroz, desapareciendo en la misma forma sosegada en que había llegado. Mi madre se incorporó, con esa chispa de inquietud en la mirada que me provocaba una punzada: advertir cosas fuera de la jurisdicción de la vista era un talento que codiciaba como pocos en mi adolescencia, hasta que descubrí a mi roedor interior: el mismo que ha cavado madrigueras al mejor estilo de Hieronymus Bosch.

El tendajón del pueblo mostraba un curioso altar: herraduras, clavos, ruda, un cráneo de cerámica… no hizo falta voltear para percibir las brasas en los ojos del propietario; podía confiar en el instinto de rata.

Sabía que retornaría. La necesidad de ver trasciende todos los tabúes.
Salí a contemplar la mole del exconvento perfilándose en el atardecer.

“Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer”.

Recuento: He retornado en tres ocasiones, pero por razones ignotas, nunca he podido ingresar a la iglesia. He penetrado en los recovecos del exconvento -bajo el auspicio del INAH- pero lo que percibí allí no me dejó con deseos de volver a hacerlo (aun con la impresionante belleza arquitectónica que lo envuelve, como femme fatale). Nuestra Señora La Muerte preside -de forma indiscutible- la sala de profundis de este sitio: el ejemplar más antiguo –y aparentemente el único- existente de las carretas de la muerte (parte de la procesión de la Cofradía del Santo Entierro), prohibidas por el alto clero e incineradas la mayoría de ellas. El único sitio que me ofrece una sensación similar es Zirahuén*, en el estado de Michoacán: mis dos Comalas.
*Humm…Preparaban un café de olla con propiedades inverosímiles (aunque el café “La Lucha” de Uruapan también es muy bueno).

Por si les interesa:
Por qué los Domini Canis me suscitan trastorno de estrés postraumático
Procesos inquisitoriales en Yanhuitlán

Imagen superior tomada de El (d)efecto barroco

Oaxaca (1)

agosto 12, 2009

musas incomprendidas

Es verano y ellas también salen de vacaciones; optando, quizá, por tomarse un respiro en las islas griegas y mojar sus deseos y sueños en las aguas del Mar Egeo... lejos muy lejos de mi pequeño mundo. Se han ido a tomar baños de sol, dejándome en completa indefensión. Las Musas me han abandonado. Y no las culpo; ni siquiera cabe la posibilitad de competencia. Entre disfrutar de las delicias que ofrecen esos lugares paradisíacos, cargados de cultura ancestral y quedarse al lado de una mente dispersa, poblada de divagaciones eclécticas y desordenadas... no hace falta ni pensarlo. En su lugar, yo haría lo mismo.

Y mientras ellas gozan y se solazan en el goce hedonista, yo estoy aquí... vacía de ideas. O más bien, llena de ideas, pero más dispersa y divagante que nunca. Y añorando a Las Musas, me acordé a una mujer que fue mucho más que una Musa; pero a quien durante mucho tiempo sólo se le recordó por ese carácter, así como por su tormentosa relación con el hombre a quien sirvió de inspiración. Un hombre que a la larga terminaría inspirándola... y haciéndole mucho daño: Camille Claudel. La mujer que durante años permaneció a la sombre de Auguste Rodin, de quien fue discípula, amante, fuente de inspiración; pero también, digna competidora artística.


Amor y locura. Amar hasta la locura... suena bien. Parece tan romántico como apasionado. Pero vivirlo y sufrirlo, padeciendo por años sus consecuencias, al punto de perderse en las sombras que nublan la razón, dista mucho de ser algo idílico. Ese aforismo de Nietzsche "en el amor siempre hay algo de locura, más en la locura siempre hay algo de razón", bien podría servir para ilustrar de manera sucinta el derrotero de la talentosa, sensible y hermosa Camille Caludel, quien en sus esculturas -sin duda marcadas por el estilo de su maestro Rodin, pero totalmente enriquecidas con su propia fuerza y sensibilidad- plasmó todo lo que le bullía en su exquisito y lacerado espíritu.


Alguna vez soñé con ser Musa de alguien; un ser ignoto dotado con un espíritu sensible y creador. Lo más cercano que estuve, fue un novio aprendiz de poeta y escritor. Linda persona... pero a veces la ganas y la voluntad no son suficientes: falló la química y nunca llegamos a encontrar nuestra verdadera inspiración. Faltó algo que me encendiera la chispa y se me fue la posibilidad de ser su Musa. De ser Una Musa. Ni hablar.

Así que ahora, en lo que Las Musas pasean sus languideces por las Islas Griegas, quizá con el deseo de reencontrarse con el espíritu de Zeus y
Mnemósine, tendré que inventarme un aviso de ocasión:


Mente dispersa, ecléctica y divagante -amén de desordenada- busca Musa o Muso o una combinación de ambos. A cambio de su invaluable e impagable ayuda, ofrece su agradecimiento eterno y la calidez de un sincero abrazo virtual.
La situación es angustiante

Atentamente
La desesperada divagante







Camille Claudel. Photographie CESA H 30 Rue Delambre París
, hacia 1883
Escultura: La Valse Camille Claudel (bronce)