«No soy de los que predican la virtud; demasiados la confunden con la debilidad. Si tuviera algún derecho, les predicaría más bien la pasión. Quisiera que no cediesen cuando se les diga que la inteligencia está siempre de más, cuando se les pretenda probar que es lícito mentir para triunfar más fácilmente. Quisiera que no cediesen ante la astucia, ni ante la violencia, ni ante la abulia. Entonces, el hombre volverá a sentir ese amor por el hombre sin el cual el mundo sólo sería una inmensa soledad» [Albert Camus, Conferencia Magistral ante estudiantes (1945)]
Mi relación con muerte es, como la de casi todo mundo, ambigua. La muerte no me da miedo y eso incluye el suicido, el cual respeto sobremanera. No sólo porque para jalar del gatillo, beberse la cicuta, cortarse las venas o aventarse por el precipicio, se requieren arrestos (digo yo, aunque los políticamente correctos digan que es mera cobardía), sino también, porque representa el más grande y último acto de afirmación libertario. Si a uno ya no le da la gana (ni las fuerzas) seguir viviendo ¿por qué carajos no va a tener el derecho a decidir irse, así nomás, por su propio gusto y propia mano? La única muerte que no me gusta y me mueve a la rabia, es la muerte absurda (que no lo son todas, hay que remarcarlo). Por ello, no sé qué tan válido sea "conmemorar" los aniversarios luctuosos, cuando estos no sólo incluyen el recuerdo de muertes gloriosas, sino también, el de las absurdas e injustas… como la tuya. Anteayer se cumplieron 50 años de tu partida… mira que irte a estrellar con el único maldito árbol que había en el camino. Carajo, si te hubieras aventado del puente Mirabeau... hasta el poema te podríamos dedicar o, de haberte lanzado desde el último piso de la Torre Eiffel, al menos habría sido un salto espectacular y yo podría decir que al morir te habías olvidado de tu proverbial discreción, para estrenarte como suicida mediático y teatrero. Pero no; tu muerte, tan sólo fue un desatino. Y sin embargo, es posible que morir a los 46, haya sido lo mejor... así, te evitaste la pena de ver el estado del mundo, de Europa y de tu país; la no realización de tu sueño mediterráneo (derribar las fronteras entre Francia, Italia y España para conformar una sola Nación) y sobre todo, de atestiguar cómo, hoy más que nunca, el mundo es un lugar injusto e incierto donde todos somos extranjeros... aún estando en nuestra Patria y donde ya casi no quedan hombres rebeldes.
Bien lo dijiste la estupidez insiste siempre. Y no lo digo por lo estúpida que fue tu muerte, sino por la facilidad con que algunos se atrevieron a acusarte de haber dado el bandazo (tras tu distanciamiento del PCF y tú lúcida crítica a los desaciertos de la izquierda intelectual) y porque hoy, no faltan quienes impúdicamente se suben a la cresta de tu memoria (el Presidente de su país, por citar al más remarcable, aunque no el único), a fin de ganar puntos ante la sociedad. A cual más de oportunistas y muy por debajo de ti.
Pero a pesar de todo, esta tierra, hoy más extraviada que nunca, necesita de hombres como tú: lucidos y críticos; alejados de los fundamentalísimos que habitan de uno a otro extremo del espectro político (nota: vigencia de albert camus) y ante todo... humanistas. Pero ya ni al caso lamentarse. Mejor decirte que a tu salud -tú que amabas tanto el vino tinto-, anoche me tomé una copa de Bordeaux y tal vez haya sido por el efecto de ese elixir, pero ahí, sentada en mi cama, sintiéndome tan ajena a todo, añoré, como hace mucho no hacía, mi rebeldía universitaria, al tiempo que fui presa de esa sensación de extranjería que a menudo suele embargarme.


