"El estudiante debe ser amaestrado sobre cómo observar. Para interesarles en esta clase de trabajo, nosotros los profesores encontramos útil mostrar al estudiante cuánto puede descubrir un entrenado uso de la observación sobre temas ordinarios como la historia previa, la nacionalidad, y la ocupación de un paciente."
Un hombre desconocido entra a la sala del anfiteatro de la facultad de medicina: tiene mareos, náuseas, dolor de cabeza… y un aspecto deplorable. Mientras los alumnos practican el arte de la anamnesis, otro hombre, alto, delgado –de constitución ectomófica- y nariz aguileña, observa con sus inquisitivos ojos grises como mochuelo apostado en un olivo. Finalmente, un tanto fastidiado de la estupidez de sus discípulos, se levanta. Su marcha física “a saltos” concuerda con sus andares mentales: señala uno de los bolsillos de la raída chaqueta, donde se encuentra una botella de licor.
Entra una mujer acompañada de un niño. Después de saludarla, nuestro hombre procedió a una anamnesis mucho más sofisticada que la de sus discípulos: ¿Ha cruzado bien desde Burntisland? “Sí” ¿Ha tenido una buena caminata por Inverleith row? “Sí” ¿Qué ha hecho con el otro niño? “Lo dejé con mi hermana en Leith” ¿Aún continúa trabajando en la fábrica? “Sí”. Ante los alelados estudiantes, el Dr. Bell les conmina a atraer su interés al acento de la mujer, el cual percibió desde que contestó a su saludo: el Ferri más cercano sale de Burntisland; les enseña la arcilla roja en la suela de sus zapatos, característica de las áreas cercanas a los jardines botánicos; señala el abrigo sobre el hombro de la madre, de una talla mayor a la del niño que llevaba de la mano; finalmente, señala la dermatitis en las manos de la mujer –predominantemente en la derecha-, característica de las personas que trabajan en las fábricas de linóleo. (Anécdota publicada en The Lancet, 1º de agosto de 1956).
Damas y caballeros: Joseph Bell, encargado de la cátedra de cirugía clínica en la facultad de Medicina de Edimburgo, siglo XIX; descendiente de Charles Bell, quien describió la parálisis facial que lleva su nombre: sí, esa contra la que las abuelitas tanto nos previenen “no salgas al aire, m’ijito, se te va a enchuecar la boca”.
Pionero de la medicina forense, este hombre fue la inspiración para el mítico personaje de Sherlock Holmes, del también hijo de Galeno Arthur Conan Doyle. De los paralelismos entre Holmes y House existen múltiples referencias en la red.
El Colegio Real de cirujanos de Edimburgo (al que perteneció) organizó una exposición museográfica de este gran clínico: todo un ejemplo de la capacidad de observación-deducción aplicada al diagnóstico, placer intelectual de puzzles biológicos… sin ser misántropo.
