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noviembre 21, 2009

Carnavales en los arrabales/Cardenales en los funerales/ De mi corazón



Un innoble mirón solitario...Que una noche soñó un imposible parecido al amor.

Porque el mundo es injusto, chaval; pero, si me provocan...Yo también sé jugarme la boca, qué te voy a contar.


Y sin embargo...


Para hacer un talismán

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.


Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.


Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo, antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.

Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley, más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra; puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!

Olga Orozco


¿Demonio o divinidad eres? Eva y Sofía. Así era mi sueño de amor y así era Abraxas.


Aquel bárbaro momento, un poder o no se qué
Hechizo me ciñó, o fue que el viento helado
Sopló de noche y al marchar dejó grabado
En mi espíritu su rastro, o fue la Luna
Que brilló en mis sueños con especial fortuna
Y frialdad, o las estrellas... en cualquier caso
El sueño fue como ese viento: démosle paso.


E. Allan Poe


Imagen: La tejedora roja. Remedios Varo.



septiembre 23, 2009

Anagnórisis


Has visto,

verdaderamente has visto
la nieve, los astros, los pasos afelpados de la brisa...
Has tocado,
de verdad has tocado
el plato, el pan, la cara de esa mujer que tanto amás...
Has vivido
como un golpe en la frente,
el instante, el jadeo, la caída, la fuga...
Has sabido
con cada poro de la piel, sabido
que tus ojos, tus manos, tu sexo, tu blando corazón,
había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez.

J. Cortázar. Para leer en forma interrogativa.

En una noche de tertulia (casi a lo Pedro Infante)… que transcurrió en la sala-cocina-comedor-terraza-desván de las queridas tres, del teclado brotó un incipit emocional: “Las personas son como los libros…seducen por la apariencia, el olor, el tacto…pero uno decide si pertenecen a la biblioteca privada por el contenido”.

Ciertamente, los sentidos no son más que receptores del quimérico mundo externo: el Hefesto que forja la realidad sui generis -literalmente personalizada-, no tiene aspecto agraciado: semeja un Jovis glans al estilo tártaro; y es un Magritte biológico.

La intersubjetividad. Esa interrogante del neocórtex que determina que identifique al otro (hombre, mujer -o quimera/demonio si así lo prefiere-) como semejante – y no como mero ente animado con nula presencia en lo abstracto- está sustentada en forma primigenia por las protoneuronas de Schultz: en el limbo del sistema límbico* el aroma desencadena esa complejo mecanismo del “eres como yo”.

*La mayoría de las regiones cerebrales sexualmente dimórficas pertenecen a este complejo: el hipotálamo alberga la mayor concentración de receptores de hormonas sexuales, por lo que acabamos en el tálamo –aunque no necesariamente con vínculo matrimonial-. Somos un juguete de ese tirano: domina sobre el hambre, la sed, el sueño, la temperatura corporal –en todos los sentidos- (los núcleos de la región preóptica medial del hipotálamo anterior codifican información acerca de sus gustos por la sandía, el melón…o el cóctel).

Si bien este es un proceso común a todos los mortales, existen ciertos individuos cuyo aroma perturba a las ovejas in albis, a los mastines guardianes, a los pastores…y a las ovejas Opus nigrum: los bibliófilos.

Plasmado en novelas como Fahrenheit 451 -tanto en la tinta de Bradbury como en el celuloide de Truffaut- el miedo a lo diferente llega a su apoteosis: una inquisición “moderna” (en cuanto al mero espacio-temporal, porque los sustentos permanecen impasibles). Personas libro.

Tal vez por esta razón - ser una especie en amenaza constante y con cierta negativa a la reproducción a través de la mera replicación celular- desarrollo un apego irracional, -rayando en lo patológico- hacia éstos.

La alegoría de Juan José Millas plasmada en la cápsula de Los imaginantes (infinitas gracias, Malbicho) acerca de Las figuras del destino en la Edad Media puede ser tangible con mujeres concretas: seres excepcionales que se deslizarán por nuestros dermatoglifos de forma tan efímera que nos parecerá una ilusión de chistera (nos conducen a un estado alterado de conciencia, independientemente de ser Victoria Cirlot).

Han existido encuentros que quedaron en agua de borrajas, no lo niego; pero el éxtasis ante ciertas féminas y su estela aromática de absenta es soberbio.

El querido encuadernador de libros antropodérmicos no es tan metafórico como parece… aun cuando el fetichismo hardcore es un extremo que no comparto: El atavismo mental debe refinarse ¿Paradoja de las filias? ¿Sublimación? ¿Las mujeres son cuadros de Jackson Pollock ó rectángulos áureos de Botticelli? ¿Maga ó Hanna Arendt? ¿Lou Andreas-Salomé ó Madame Bovary? ¿Santa Águeda ó Hroswitha de Gandersheim?

“El lema de todo verdadero lector es De gustibus non est disputandum (…) Al fin y al cabo, ¿qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos, catálogos de nuestros placeres?

Alberto Manguel. Historia de la lectura.

Non est in toto sanctior orbe mons…que el de Venus: un santuario tan impresionante como el que se erige en La Verna (sólo accesibles tras realizar la Subida del Monte Carmelo al más puro estilo de San Juan de la Cruz) -y Primero Sueño de Sor Juana Inés ídem-: el éxtasis místico-amoroso/sináptico –sacro y profano comparten el tren en el recorrido de las circunvoluciones cerebrales- el compartir vagón o realizar la arquetípica asignación de primera, segunda y tercera clase es una esfinge Per se.

Cuán complejo es servir a tres amos: cuerpo, mente y espíritu…aun cuando residen en la misma casa (o -tal vez- por eso mismo: la jerarquía impera en los espacios cerrados).

“El amor verdadero y completo es cuando dos corazones, dos mentes y dos cuerpos se unen en abrazo y comprensión…se produce una vez en mil años. Mientras sólo concuerdan dos elementos –mente y cuerpo sin el corazón, o cuerpo y corazón sin la mente- uno cree que el tercero existe de algún modo, hasta que su ausencia llega a sentirse tan fuertemente que mata la sympathie de los otros dos.”

Carta de George Sand a Emile Paultre.

Imagen: Facebook, de 3KTA.

agosto 25, 2009

Legados de sangre



No pido riquezas, ni esperanzas,

ni amor, ni un amigo que me comprenda;

todo lo que pido

es el cielo sobre mí y un camino a mis pies.

Robert Louis Stevenson.


No lo han expresado abiertamente, pero lo saben; el radar parental es mucho más sensible que la electro-localización que utilizan los tiburones cabeza de martillo: nuestra sangre -como buen fluido- discurre, se derrama, y si no existen cauces, los crea –a lo Machado-.


Cuando asistí al ansiado viaje otorgado por las Olimpiadas del conocimiento (los concursos gubernamentales de la SEP y sus ingeniosos nombres, ya saben) mi madre intuía que había un pajarillo paradójico en el alero: con apego al nido pero amante de los trayectos fuera de éste, como había vaticinado la matriarca.


Con la representación retinotópica de Coatlicue en el Museo del Templo Mayor esculpida en el hipotálamo**, me dirigí a casa de otro de mis arquetipos básicos: mientras relataba las impresiones de mi mente de once años, la bisabuela me examinaba crípticamente; finalmente, su mano aterrizó en mi región parieto-temporal derecha.

**Como plasmara magistralmente Octavio Paz en Corriente alterna: “Más que una forma sensible, es una idea petrificada…Si la vemos realmente, en lugar de pensarla, nuestro juicio cambia…advierto su barbarie, no niego su poderío. Su riqueza es abigarrada pero es verdadera riqueza. Es una Diosa, una gran Diosa.”


“Te pareces mucho a la mamá de tu papá. Deberías ir a donde era ella: muchos frutos sólo conocen a las raíces cuando se caen del árbol, pero tú no. Te gusta andar de pata de perro descubriendo cosas.”


No dudaba que gran parte del amor profesado por mi padre se originaba en el parecido físico con aquélla mujer que falleció por un carcinoma gástrico avanzado cuando papá tenía veintiún años: ese retrato blanco y negro que tenía un lugar preponderante en el altar de Día de Muertos que mis abuelas maternas realizaban cada año con mi ayuda.


Entre los martillazos de mi Hefesto particular -que no forjaba rayos para el jefazo del Olimpo, sino ventanas y puertas para los mortales- se suscitó lo siguiente:


- Papá

- ¿Qué pasó, mi’ja?

- ¿De dónde era mi abuelita?

- De un pueblito de Oaxaca, se llama Zaachila.

- (…)

- ¿Te acuerdas que me prometiste que me darías lo que yo quisiera si ganaba ese concurso?

- Sí, ¿qué quieres? ¿La bici? ¿El Nintendo? ¿Esos libros raros que siempre ves?

- No, quiero ir a ese pueblito que dices.


Se desconcertó –como de costumbre- ante mis solicitudes, pero también –ídem- accedió a ellas: solicitó información a sus conocidos acerca de la ruta hacia Oaxaca, y puesto que mi madre ayudaría a sufragar los gastos -por el adelanto de sus quincenas correspondientes al período vacacional- solicité la bendición de las abuelas y emprendimos el camino: uno que aún se labra hasta hoy.


“De todo me acuerdo, de todo. De cómo me sentí mal en las curvas entre Oaxaca y Puerto Escondido, en las curvas entre Tuxtla y San Cristóbal, en las curvas rumbo a Guelatao. De los árboles altísimos en los bosques alrededor de Toluca, de las barrancas profundas en la sierra, de la soledad y el calor al atravesar los cañones, de la impetuosidad de los ríos, de la luminosidad del aire y de la oscuridad del mar. Me acuerdo del cielo negro en las noches, de las nubes al mediodía, de los cerros, del agua de las fuentes, del frío que se sentía por fuera de la ventana y el vaho que quedaba por dentro. De todo eso me acuerdo, de todo.”

Sara Sefchovich.





agosto 22, 2009

Obscuros placeres


El té carece de la arrogancia del vino,

del individualismo consciente del café

y de la inocencia sonriente del cacao.

Algún anónimo kaffeinado


Dedicado a aquellos devotos del elíxir obscuro, que no dudan en ir en pos de su amada –bebida- aun cuando la vida se les vaya en ello.


Las fincas cafetaleras de Tapachula: Si bien Hamburgo fue la primera opción (por su mayor altitud y ergo, un clima más frío –merecido tras la ruta costera de Oaxaca y Chiapas-) nada demuestra mejor el ingenio del hombre que la improvisación (forma sutil de admitir que half a block away from heaven sólo es accesible en un 4x4). Mi padre hizo su mejor esfuerzo, y nuestro carricoche también, pero la voluntad divina sabía que nuestro lugar se encontraba a 600 msnm (más son nuestras memorias o metros sobre el nivel del mar, como gustéis).


20:30 horas. Papá exhausto tras el volante desde Juchitán (donde tuvimos el placer matutino de degustar un café soberbio), y su nictalopía no auxiliaba en el camino de terracería; mamá angustiada por la integridad de su Sport Van en el accidentado terreno; y su servidora agobiada por los dos anteriores (tanto circunstancias como personas). Mi adorado padre, hastiado, fatigado –esa maña de los adjetivos gerundescos; participios activos-pasivos en esta orgía de palabras- retornó hasta el punto de entrada de otra finca, Argovia. Lo que no imaginábamos era que a borde de carretera sólo se encontraba la publicidad de ésta en una bodega, por lo que el sinuoso camino se encontraba ya en la penumbra: suficientemente persuasivo para abandonar la aventura cafetalera. Así, mientras mis plegarias se dirigían al Santo Grano Tostado del Soconusco, ocurrió el milagro: una combi blanca, marcada con el presagio divino de La ruta del café, se acercó. El resto se torna borroso.


“Hijos míos: sus preces han sido escuchadas. Seguid la luz de los cuartos traseros y llegaréis a la tierra prometida”.


Empero, a la mitad del camino (justo entre la bruma que se elevaba del Río Cuilco, los pájaros que retornaban a sus hogares entre los enormes, vetustos árboles con raíces de formas increíbles- y el concierto ofrecido por la Sinfonía de los grillos) las luces parpadearon, originando análoga reacción de nuestros ojos que reflejaban la luz de aquéllos puramente mecánicos: el conductor descendió, y entre los sonidos irritantes del radio que sostenía en la diestra, pudimos escuchar claramente la voz de Asmodeo en aquel paradisíaco lugar:


Disculpen, ¿tienen reservación?


Tras la riña emotiva desatada interior del automóvil, no fue necesario aclarar que no la teníamos: la matriarca de nuestra mini tribu es acérrima enemiga de lo planificado (lo cual ha originado algunos inconvenientes, muchas sorpresas gratas -y otras que no lo son tanto- a lo largo de nuestros viajes). Íbamos a la buena de Dios (como llegó a apuntar la otrora matriarca mayor, mi bisabuela) y buena fe fue propicia: una de las cabañas se encontraba disponible. Tres días y dos noches entre cafetales, flores exóticas, multitud de aves…sin medios de comunicación masiva…tal vez no me encontrara a media cuadra del cielo, pero sí en el mismo barrio, seguro.


Entre el bosque húmedo tropical, uno podría pensar que las laderas están sembradas de: 1) pasto (comida para las vaquitas causantes de parte del efecto invernadero y la deforestación) 2) Pasto que se fuma (el que -según los adolescentes- no les daña el cerebro hasta dejarlos para el teletón) 3) Pasto que se ingiere (eso que la gente llama té). Grande fue mi fascinación al descubrir una variedad de café que en la vida había escuchado: el Maragogipe.


Suelo tener arrogancia enólica, individualismo consciente kaffeinado –aunque en ocasiones me calo el disfraz de lanoso borrego- mas hago gala de inocencia sonriente ante una bella dama, a fin de que me permita realizarle un masaje con cacao mientras un concerto grosso de Corelli se diluye en un fondo crepuscular; ah, mis filias (olfatorias, visuales, táctiles y auditivas) siguen en orden riguroso su origen en los pares craneales: no puedo ir contra la neuroanatomía.


(…) “tanto el café como la humanidad aparecieron en la misma zona de África oriental. ¿Qué tal si algunos de esos hombres-mono probaron las bayas rojas? (...) ¿Podría este grupo de comedores de bayas ser el eslabón perdido, y la memoria de la brillante pero amarga degustación de la fruta el arquetipo de la historia en el jardín del Edén?”


La taza del diablo. Stewart Lee Allen.


Adéndum: múltiples granos Maragogipe ofrendaron heroicamente su aroma y sabor en este post al ser molidos trágicamente. (Continuará).




agosto 16, 2009

comiéndose la vida

La cocina siempre me ha parecido apasionante; me inspira calidez; un lugar idóneo para encontrar resguardo y calor... entre fogones y cazuelas. Cocinar es mezclar ingredientes, aromas, tradiciones y emociones; un mundo en el que los sentidos se exacerban; la cocina es creatividad, pasión, sensualidad y seducción. Siempre he creído que la mano, la imaginación, la inspiración y la sensibilidad de un cocinero pueden ser más importantes que la propia formación académica. No digo que no haga falta aprender, pero sí que el tener conocimientos vastos no necesariamente implica ser buen cocinero. En el arte culinario una buena técnica sin pasión no alcanza para producir un platillo memorable y eso es de lo que se trata aquí, de lograr que los sabores y aromas perduren en nosotros mucho tiempo después de haber sido degustados, junto con el recuerdo de ese momento especial en que los probamos por primera vez, aquella ocasión en que fuimos seducidos con ese platillo exquisito –ojo: exquisito no quiere decir alta cocina. Platillo como medio de seducción y el chef como el gran seductor.

Otra gran pasión, el cine, puede resultar una excelente vía para acceder a la cocina, aunque usted no lo crea. Cuando el cine, la cocina... y el amor se mezclan, el resultado es triplemente apasionante. Largo es el amasiato entre cocina y cine (aunque no tanto como el existente entre comida y erotismo); no voy a refirme a la historia cinematográfica-culinaria, en primera porque no es el objetivo de esta entrada y en segunda porque hacer algo medianamente decente requeriría de mucho tiempo y espacio a fin de no dejar fuera ningún film valioso.

Lejos del llamado cine de arte y de cualquier pretensión irreverente o sórdida, existe un sencillo pero grato ejemplo del apetitoso triángulo cine-cocina-amor, el film alemán Drei Sterne/Bella Martha (2001)/Deliciosa Marta/. Deliciosa Marta es una película sencilla, cero pretenciosa y quizá ahí radique su encanto, pues resulta disfrutable para verse sin prisas ni remilgos. La premisa es atractiva y me parece bien llevada, aunque no exenta de un desarrollo previsible: enfrentar dos formas de concebir el arte culinario, pero sobre todo, dos maneras de entender e imaginar la vida. De un lado, el perfecto orden y rigor alemán; del otro, la ligereza y disfrute por la vida italiano. El lado alemán es femenino, personificado por Marta (Martina Gedeck, la misma actriz de La vida de los otros), ella es la chef jefe del Lido un restaurante de Hamburgo. Marta es obsesiva, perfeccionista y rigurosa; elabora la receta perfecta, con las cantidades precisas, a la temperatura idónea y durante el tiempo de cocción exacto; no soporta ningún tipo de alteración ni desorden, su cocina es inmaculada. Y con ese mismo rigor lleva su vida personal, vive sola, no se permite exteriorizar sus emociones y no parece estar preparada para dar ni recibir amor; es medio neurótica. Pero un día, su planificado equilibrio -lo que ella cree así- se ve amenazado desde dos frentes: en su vida personal irrumpe la muerte de su hermana, madre soltera de una niña de 8 años, convirtiendo a Marta en improvisada madre sustituta y como si eso no fuera suficiente, al Lido llega un chef italiano de nombre Mario (Sergio Castellito), quien es la antítesis de Marta: simpático, despreocupado, desordenado, gozoso practicante del cocinar. Así, de la noche a la mañana, la pobre Marta ve cómo se tambalea su perfecta y sincronizada vida, al tiempo que su otrora iimpecable cocina pasa a ser un cochinero total… con sabor italiano: Mario cocina como un Dios, pero es incapaz de lavar una cazuela.

Lo que sigue es lo usual: los opuestos se atraen. Pero aún con dosis de previsibilidad, la cinta –cual plato de Spaghetti alla puttanesca cuyo sabor ya hemos probado, pero igual disfrutamos con placer nuevamente- se deja ver con agrado; las actuaciones son buenas. El asunto se prestaba para melodramas lacrimógenos y aunque por momentos raya ligeramente el borde de la sensiblería, afortunadamente no cae de lleno en ésta y tampoco se solaza en un endulcoramiento excesivo. Film sin pretensiones, pero con encanto y que después de ser mirado invita a cocinar, a entrar en calor y a experimentar con mezclas de sabores, dejando de lado prejuicios en torno a los placeres culinario y amoroso. Claro que los efectos no duran para siempre, como todo placer... son efímeros, pero un buen rato, libre de pesares cotidianos y catástrofes financieras... no viene mal de vez en vez.

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Ah, casi lo olvidaba: but of course que Hollywood ya hizo el remake, No Reservations (2007) con Catherine Zeta Jones y Aaron Eckhart.



Texto adaptado de entre fogones y cazuelas, publicado en el blog mélange »