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julio 19, 2009

al final de la escapada

En mayo de este año se cumplieron 50 años de la exhibición -dentro del Festival de Cannes- del film Los cuatrocientos golpes [Les quatre cents coups (1959], del cual habría de emerger un personaje que simboliza el inconformismo juvenil, la desazón ante la soledad y la falta de comprensión/amor familiar, pero sobre todo... de la búsqueda de la libertad como salida al desamparo: Antoine Doinel, alter ego de su director François Truffaut. Creo que no exagero al decir que Antoine Doinel es uno de los personajes -niño/adolescente- más emblemáticos de la historia del cine, habiendo influenciado a muchos otros delineados en el cine posterior a 1959 [hace unas semanas veía un programa de tv estadounidense, en donde uno de los personajes es un adolescente -hijo de un pintor que lo ignora por completo- que hace sus pininos en la pintura y decide hacerse un autorretrato, en el cual se plasma con la misma mirada de abandono -y tras una malla/reja- mostrada por Antoine Doinel en una de las escenas más conmovedoras del film]


Jean-Pierre Léaud como Antoine Doinel

Sin necesidad de regodearse en la explotación melodramática y lacrimógena, el film de Truffaut es conmovedor y crítico; en él hay una mirada muy dura hacia el sistema educativo tradicional, al sistema punitivo, a la hipocresía y doble moral social. En
Los cuatrocientos golpes, Antoine Doinel sintetiza en su joven vida a todas las victimas de un terrible mal: la exclusión (con su par, la reclusión) ejercida por el Estado y la sociedad con fines “disciplinarios”. Se excluye al que piensa diferente, al niño, al rebelde, al “loco”, al que no se ama. Los excluidos son encerrados en las escuelas, en los reformatorios, en las academias militares, en los hospitales, en las prisiones. El film es un reflejo de la vida y como decía el propio Truffaut, a veces es más fácil entender la vida a través de sus reflejos; si algo supo hacer el joven actor (13 años) Jean-Pierre Léaud fue reflejar la vehemencia, sensibilidad e impotencia vividos por Antoine.



Dice un amigo critico de cine que muchos de nosotros nos hemos sentido, por lo menos alguna vez en nuestra vida, medio parientes de Antoine Doinel. Primos lejanos de ese niño/adolescente rebelde e irreverente, quien orillado por las circunstancias, rompe las normas de convivencia familiar, social y escolar establecidas, hasta dar
los cuatrocientos golpes -expresión francesa que alude a la comisión de todas las faltas posibles- y termina por ser encerrado en un reformatorio juvenil, sin que su madre intente, ya no se diga mover un dedo para ayudarlo, sino siquiera a mostrar un poco de amor y comprensión por el chico...

... pero Antoine huye, corre por su vida, corre tras la libertad, va en pos de su sencillo sueño: conocer el mar. Ese mar que simboliza el final de la escapada y el principio de la incertidumbre
. Cuando Antoine Doinel llega finalmente a su anhelado mar y su mirada se vuelve hacia la cámara -algo hasta entonces inusual en el cine- quienes lo vemos -todos los Antoines Doinels del mundo, diría mi amigo- queremos creer que ante él se ha abierto un horizonte, aunque incierto, menos gris y desconsolado... eso queremos creer.


"Te preguntaste si en el mar habría
una salida neta del silencio
que rezuma el ser uno entre los hombres.

Te quisiste matar por un segundo,
y comprendiste al fin
que hay un abrazo tuyo
pendiente de entregar
y otro que espera
a sopesar tu escuálido volumen.

Pues claro que la vida te interesa,
¿a qué si no esta huida de lo inhóspito?"

© Luis Felipe Comendador (La Fuga de Antoine Doinel, fragmento)



NOTA: Al final de la escapada es uno de los títulos dados en español a otro filme francés, éste de Jean Luc Godard, À bout de souffle (1960), conocido en México como Sin aliento.