julio 24, 2011

amy winehouse - back to black




Gran canción, enorme, como siempre, su voz y una impecable fotografía blanco y negro.



Miren qué bello y melancólico texto sobre Amy escribió Bárbara Blasco: 


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julio 22, 2011

la vida en un lienzo


Working at Night



Lucian Freud en su estudio. Fotografiado por David Dawson.


“Lucian Freud no violenta a sus modelos y se niega a juzgarlos. Dueño de una rara objetividad, despliega una "historia natural", investiga los pigmentos, las texturas, los tonos confusos que a la distancia discernimos como un cuerpo humano. Su obra es el reverso de la industria de la mirada y sus top-models inorgánicos”:  




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julio 05, 2011

Human all too human

Digo la verdad pura.
Aunque el hombre, mundillo de locura,
Suele tenerse por un todo entero,
Soy parte de esa parte que fue todo
Al principio, una parte de la oscuridad
Que a la luz parió, la luz soberbia,
Que disputa a la Madre-Noche el espacio
Y el rango, sin lograrlo aunque se esfuerce.
Mefistófeles en Fausto, de J. W. Goethe

El descuartizamiento -como estímulo repetitivo- nos ha conducido (como buenas ratitas de Skinner) a la ausencia de reacción ó a la evitación de la descarga. El maniqueísmo reforzado por la actitud tragicómica de los estereotipos de El libro vaquero nos ha despojado de la crítica. Ni siquiera las drogas duras que llegan a nuestros hijos y los destruyen tienen ese impacto realmente deshumanizador de una vida sin curiosidad ni pasiones: aún en Réquiem por un sueño y Trainspotting los personajes se mueven, a diferencia de muchos ciudadanos a los que entorpecen por marchas inútiles en su llegada al -al lugar sacrosanto que es su- trabajo; responsables, nacionalistas y que pagan impuestos. Malditos vagos inútiles que buscan igualdad, hermandad y fraternidad; ¿todavía no han aprendido que unos son más iguales que otros*?
*Sólo se conoce lo que se coge; como a George Orwell la zoociedad se lo cogió en todas las formas posibles -e imaginables- no sorprende que conociese tan bien los mecanismos del poder.

En esta disociación de lo "humano" sólo aceptamos y pregonamos lo rosita fresita hellokittyano. Lo "inhumano", lo "bestial" se queda en esa frontera moral -pero moral no ligada a la ética, sino a la religiosidad doblemoralina- que fingimos no ver, pero que se talla en los ojos como gato jarioso todos los días, para -literalmente- echarnos en cara la hipocresía.

Es demasiado primate (y no sólo humano) alienarse con el poder: violar, matar, extorsionar. Lo que es netamente demasiado humano es censurar la alegoría y hacerle al tío Lolo a la realidad; declarar "perturbador y aberrante" la recreación artística mientras se le hunde el dedo a la llaga de las tragedias ajenas con harto gozo y morbo real; el día que la pena se torna personal, gimotean peor que plañideras sin retribución económica. Y todavía más "humanos" son los rapiñeros del dolor, que venden al mejor postor lo más denigrante. Oferta adecuada para las demandas.

Cuando nos muestran la estúpido de la conducta humana a través de la sátira, el golpe no es percibido como tal: o se capta desde "la otredad que nunca seré yo" o de plano no se entiende (V. gr. La nave de los necios de Sebastián Brant ó El elogio de la locura de Erasmo). Cuando se muestra lo sórdido -a lo que nadie es ajeno, ni siquiera en metáfora- como en la obra de Pier Paolo Pasolini, Lars Von Trier (que hasta logra que los críticos sibaritissimos de Cannes se levanten indignados) o en V for Vendetta de Moore, Berserk de Miura, Monster de Urasawa, Deseo de Elfriede Jelinek -entre muchas otras- todos los dedos se quedan señalando el oprobio a esa magnífica criatura buena, dulce y tierna que es el hombre, esa mascota preferida de un Dios lleno de amor, esa máquina perfecta y todas esas apologías tan plagadas de melosidad que son más nauseabundas que lo que reprueban.

El mal es humano, demasiado humano. Esconderlo como la tierrita bajo la alfombra no sirve. Es una conducta que también es muy humana.

Los murales de Orozco siguen pertubando. Los grabados de Goya. Los personajes de Víctor Hugo (Claude Frollo me parece el mejor construido, sus pasiones en Lasciate ogni speranza son de lo más logrado que he leído). Los mefistófeles y Djinns no existen. Pero las mentes que los crean sí.

(...) "La especie humana tiene los mismos genes desde que apareció en la tierra. La historia chorrea sangre desde Caín: ¿somos el mal? ¿O el mal está fuera y nosotros somos su instrumento, su herramienta? Un personaje delirante de Sade creía que el universo entero, de los astros a los hombres, estaba compuesto de "moléculas malévolas". Absurdo: ni las estrellas ni los átomos, ni las plantas ni los animales, conocen el mal. El universo es inocente, incluso cuando sepulta un continente o incendia una galaxia. El mal es humano, exclusivamente humano. Pero no todo es maldad en el hombre. El nido del mal está en su conciencia, en su libertad. En ella está también el remedio, la respuesta contra el mal. Ésta es la única lección que yo puedo inducir de este largo y sinuoso itinerario: luchar contra el mal es luchar contra nosotros mismos. Y ése es el sentido de la historia".
Octavio Paz, Itinerario.

Y para los que desprecian los "monitos" y prefieren las altas y profundas letras:



julio 01, 2011

ciudad de méxico: mapa alterno


por Juan Villoro

La Ciudad de México es caos que ni siquiera dominan los expertos en tráfico. Al abordar un taxi, el conductor solicita: "Usted me dice por dónde".

Edgar Anaya Rodríguez se ha dado a la tarea, en apariencia irrealizable, de crear un mapa personal del Distrito Federal y anexas. Ha recorrido la ciudad donde nació con las virtudes combinadas del explorador que no necesita brújula, el erudito que no escatima el dato exacto y el cronista capaz de ser fiel a sus pasiones. Este ejercicio múltiple encuentra acomodo definitivo en el libro Ciudad de México, ciudad desconocida. Estamos ante el mejor catálogo de lugares insólitos del laberinto donde nos tocó vivir.

Anaya Rodríguez registra los 100 sitios más peculiares de esta asamblea de ciudades. Hay, al menos, tres constantes en su búsqueda: la naturaleza, los pueblos típicos y las ruinas arqueológicas. La Ciudad de México no ha dejado de ser un vergel que florece en las encrucijadas de las avenidas y donde los halcones anidan entre cables de alta tensión. Tampoco ha dejado de ser la macrópolis que en su interior preserva vidas pueblerinas que en días de fiesta se hacen notar con la algarabía de sus cohetes. Conocemos las pirámides de Cuicuilco y la estación Pino Suárez del Metro, pero no las efigies dispersas de los dioses antiguos que Anaya Rodríguez selecciona para el visitante.

¿Cómo usar un libro tan rico? Ciudad de México, ciudad desconocida sirve de guía turística, novela de lugares y crónica sentimental de un viaje. Se puede leer de un tirón o en episodios, al modo de una enciclopedia.

Un capítulo de vibrante actualidad se refiere al culto a la Santa Muerte. Con la sabrosa erudición que atraviesa el libro entero, Anaya Rodríguez recuerda altares coloniales donde aparecen calaveras. No se trata sólo de la deidad de los mafiosos, aunque su culto oficial haya sido prohibido. Significa, más bien, una devoción alterna, no sólo por rendir tributo a una calavera, sino por la forma en que circula en la ciudad. La Santa Muerte se ha apoderado de espacios urbanos que no tenían santuarios: las banquetas. Es, ante todo, una deidad a la intemperie, a tal grado que es honrada en altares portátiles que recorren las calles.

Otros capítulos dialogan entre sí. El cronista dedica un episodio a las selectas delicias del Mercado de San Juan, donde algún día ofrecerán costillas de unicornio, y otro al gran estómago de la ciudad, la Central de Abastos, bolsa de valores donde se calcula lo que importa un rábano.

Hay sitios que, en sí mismos, resumen la apasionante dualidad de Chilangópolis. Uno de ellos es el Cerro de las Jorobas. De un lado tiene una de las mayores concentraciones urbanas de América: dos millones de personas viven encaramadas en esa falda. Del otro, es un jardín del Edén, un parque donde la flora y la fauna conviven en estado adánico, antes de ser nombradas.

Capital de los caprichos, la Ciudad de México domina las esculturas en lodo, los arreglos florales y los diseños en todos los colores que resiste en aserrín.

A propósito de Buenos Aires, escribió Jorge Luis Borges: "No nos une el amor, sino el espanto/ será por eso que la quiero tanto". Las grandes metrópolis cautivan de modo temible. No es la actitud de Anaya Rodríguez. Su libro entiende el conocimiento como acto de amor. Hay que seguir su entusiasmo rumbo a la casa del arquitecto Luis Barragán y su mística en piedra, las figuras femeninas del Museo de Tlatilco, los baños del Peñón y la Santa Cruz que la fe alza en Xochitepec el primer lunes de mayo.

En la colonia de los Doctores, Roberto Shimizu, arquitecto de ascendencia japonesa, ha creado el peculiar Museo del Juguete, con valiosas piezas de colección y lúdicas hojalatas de a peso. Entre robots antiguos y mascotas ultramodernas, el visitante entiende los modos de jugar que ha tenido esta ciudad.

El mapa alterno que ofrece Anaya Rodríguez es fruto de largos recorridos a los lugares. Desde Humboldt nadie caminaba con tantas ganas de aprender en la "Ciudad de los Palacios". Pero también proviene de su pesquisa, no menos ardua, en bibliotecas, hemerotecas y librerías de viejo. Ha leído libros casi inencontrables.

Y esto lleva a otro tema singular. El cartógrafo de los sitios peculiares ha cedido a la peculiaridad mayor de editar su propio libro. Está visto que la ciudad que inventó el tianguis ama el comercio que tiene un sello personal: la primera edición se agotó en unas semanas.

No sabemos cuántos lectores puede tener este libro, porque no sabemos cuántos habitantes tiene la ciudad. A cada uno le corresponde su ejemplar. Para conseguir uno, hay que escribirle al autor, como en tiempos de Cervantes:


Ciudad de México, ciudad desconocida, es una obra de preservación. Algunos lugares serán conservados por haber sido incluidos en sus páginas, de otros quedará el recuerdo. Ir a estos sitios de interés significa vivir en el presente, lo que los lectores del porvenir conocerán como la historia de las raras maravillas que alguna vez tuvo la capital de México.

*** imagen: Iglesia del Buen Viaje. Ciudad de México, 1902***