mayo 26, 2011

la otra llave


photo de alexandra

por Juan Villoro
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Hay puentes que llevan a otra orilla y puentes que llevan a un misterio. Me detuve en el Pont des Arts, de París, para ver los curiosos ex votos que ahí deja la gente. En las rejas que escoltan el trayecto hay candados de muchos tamaños. Le hablé del tema a Pierre, un amigo parisino, y bajó la vista hacia su taza de café. “Es una larga historia”, contestó. Pensé que contaría una leyenda de amor a orillas del Sena, pero habló en el tono de quien confiesa algo que no acaba de descifrar.

Un par de años atrás, su novia, Claire, propuso que colocaran un candado en el puente. Cada uno conservaría una llave. En caso de que desearan romper la relación, bastaría abrir el candado. Así se ahorrarían los dolorosos protocolos de la separación. No sería necesario decir: “tenemos que hablar”, para luego acudir a una falsa diplomacia: “el problema no eres tú, soy yo”. Si uno de los dos se hartaba, podría tirar el candado a las sucias aguas de una ciudad casi perfecta.

Pierre trabaja en el Louvre. El Pont des Arts está en su ruta de trabajo. Una tarde recorrió los tablones del puente anticipando la cena en un restaurante donde las reservaciones son una forma del milagro. La temperatura del aire resultaba perfecta, el sol daba un tono dorado a las frondas de los árboles, el río tenía un agradable modo de ser gris, los edificios se alineaban como un sueño de la razón. Pero el candado no estaba ahí.

Recorrió el puente, sumido en la confusión, hasta que descubrió el candado en otro sitio. Claire no lo había quitado; simplemente lo movió. Durante la cena, ella habló del zen, donde todo es fácilmente simbólico: “En los jardines de arena, las piedras hablan”, sonrió con delicadeza. Como el nombre de mi amigo significa “piedra”, se sintió aludido sin sentirse sutil. ¿Debía ser más sugerente, comunicar las cosas que dicen los jardines de arena? No se atrevió a mencionar el candado.

A lo largo del otoño, el talismán se siguió moviendo. El amor de Claire jugaba a las escondidas. Ante la posibilidad de perderla, mi amigo se esmeró en darle señales amorosas. Ella parecía muy contenta de la forma en que él reaccionaba a las sugerencias del candado.

Un domingo de lluvia en que no querían ir a ninguna parte, Claire dijo: “hay algo que no sabes”. Habían puesto el candado para evitar esas conversaciones, pero ella lo miraba con terribles ojos profundos: “Perdí la llave”, añadió. Si ella no la tenía, ¿quién movía el candado? Claire no había vuelto al Pont des Arts desde que sellaron su pacto.
Creyendo seguir su exigente estrategia, Pierre la había amado con solícito detalle. En realidad, obedecía los designios de otra persona.

Dejaron de verse unos días. De pronto, ella le mandó un exultante SMS: la llave había aparecido, sobre su escritorio. Pierre leyó el mensaje mientras cruzaba el Pont des Arts. Un segundo después, la buena noticia fue negada por la realidad: el candado había vuelto a moverse. ¿Claire estaba loca? Esta idea era menos absurda que otra, más inquietante y probable: alguien había hecho un duplicado.

Aunque había varios candidatos para el hurto, Pierre pensó en Sylvie, una pelirroja que le gustaba mucho. ¿Quería acercarse a él a través del inventivo uso de la llave? Hasta antes de conocer a Claire, mi amigo había sido célebre por las indecisiones amorosas que confundía con conquistas. Recordó la manera en que Sylvie se despejaba el fleco con un soplido y se animó a hablarle.

Se reunió con ella en un café. Al verla, deseó que fuera la autora de la estafa. Asombrosamente, su intuición resultó correcta: Sylvie tenía la tercera llave. Mi amigo le tomó la mano, pero ella lo rechazó: no había usado la llave para acercarse a él, sino para ayudar a Claire. Contó lo mucho que su amiga sufría por la falta de sensibilidad de Pierre. Se refirió al “bosque de símbolos” de Baudelaire y dijo que algunas personas no entendían los signos: eran como piedras. Ella se había valido del candado para estimular la incertidumbre de mi amigo. Gracias a eso, el antiguo don Juan tuvo inauditas atenciones con Claire. “Sé que la quieres, pero siempre quieres algo más”, comentó en el molesto tono de una semióloga que además es una pelirroja extraordinaria: “He visto cómo me miras. Espero que sigas tratando a Claire como si el candado se moviera. Acuérdate de lo que escribió Ramuz: ‘Una felicidad es toda la felicidad, pero dos felicidades no son ninguna felicidad’”. Acto seguido, le entregó la llave.

Pierre lamentó la frivolidad de haber codiciado a esa mujer bellísima y la vanidad de creer que ella se había tomado todas esas molestias por él y no por su amiga.

Se casó con Claire a los pocos meses. Lo único que le inquieta de esa dicha es que fuera perfeccionada por otra persona. Sylvie le dio la clave para amar a Claire.

En ocasiones pasa por el Pont des Arts, abre el candado y lo cambia de sitio, como alguien que se lee el Tarot a sí mismo. “La vida manda señales raras”, dijo mientras revisaba sus mensajes de texto, donde nunca encontrará algo tan sugerente como los candados del Pont des Arts.

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* publicado en el periódico Reforma el 10 de julio de 2009

mayo 15, 2011

escribo porque...



Escribo porque... no sé bailar el tango, tocar un instrumento musical como la celesta o el glockenspiel, resolver problemas de matemáticas superiores, correr una maratón en Nueva York, trazar las órbitas de los planetas, escalar montañas, jugar al fútbol, jugar al rugby, excavar ruinas arqueológicas en Guatemala, descifrar códigos secretos, rezar como un moje tibetano, cruzar el Atlántico en solitario, hacer carpintería, construir una cabaña en Algonquin Park, conducir un avión a reacción, hacer surf, jugar a complejos videojuegos, resolver crucigramas, jugar al ajedrez, hacer costura, traducir del árabe y del griego, realizar la ceremonia del té, descuartizar un cerdo, ser corredor de Bolsa en Hong Kong, plantar orquídeas, cosechar cebada, hacer la danza del vientre, patinar, conversar en el lenguaje de los sordomudos, recitar el Corán de memoria, actuar en un teatro, volar en dirigible, ser cinematógrafo y hacer una película, en blanco y negro, absolutamente realista de Alicia en el País de las Maravillas, hacerme pasar por un banquero respetable y estafar a miles de personas, deleitarme con un plato de tripas à la mode de Caën, hacer vino, ser médico y viajar a un lugar devastado por la guerra y tratar con gente que ha perdido un brazo, una pierna, una casa, un hijo, organizar una misión diplomática para resolver el problema del Medio Oriente, salvar náufragos, dedicar treinta años al estudio de la paleografía sánscrita, restaurar cuadros venecianos, ser orfebre, dar saltos mortales con o sin red, silbar... decir por qué escribo...

[Alberto Manguel]

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mayo 05, 2011

no queremos ser un daño colateral más


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“No está en el destino de una víctima el seguir siéndolo; después de liberarse, puede convertirse en verdugo. Todos aquellos que aceptan responder a la barbarie con la barbarie, utilizando las mismas armas que sus enemigos y traicionando así los valores por los que combaten deberían tener presente este pensamiento. En tal caso, no hay inocentes, solo vencedores o muertos. En una época en la que la fragmentación de los dogmas y los conflictos de la fe conducen a los fanatismos y en la que cada vez es más difícil hablar de valores universales, un odio debe imponerse -y la palabra no es demasiado fuerte-: el odio hacia todos los absolutos.”

[Jean Daniel. Director de Le Nouvel Observateur]



*** El cartón es creación del monero mexicano José Hernández, quien generosamente lo comparte.



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