Cada vez que escucho las perogrulladas de La mamá de Chucky, FeCal, similares y conexos(o leo algún magnífico mamotreto del honorable Congreso de la Unión) pido a la madre naturaleza y al padre tiempo (bien comunistoide a lo pitufo) que vuelva a caer un meteorito en Chicxulub, para que los mimosaurios se queden sepultados bajo una buena capa de iridio, y una especie con mucha mayor capacidad craneana sea la triunfante del proceso de evolución, porque estos entes son el epítome de la involución…
Los conflictos magisteriales en Morelos fueron unas epopeyas épicas, con muchas bajas y tragedias de por medio. Una de ellas en mi madre: el estrés de saber si verían otro amanecer y su sobrecarga adrenérgica resultante aceleró de forma considerable el proceso de aterosclerosis ya avanzado por su diabetes, y tuvo dos infartos: de miocardio y cerebral. Pero ya que no estamos en la hora de las lágrimas fáciles y mediáticas, creo que es justo retribuir a uno de sus amigos y colegas, que nos brindó horas de solaz con estas composiciones (vale, admito que la música de banda y similares no están en mi categoría de gustos musicales, pero por una buena causa las puedo tolerar).
—¿Será mi última feria de agosto?— se preguntó Emelina con angustia, palpando los músculos flojos de su cuello.
La última, la última. ¡Qué bien se acompasaban estas palabras con el melancólico tañido de las campanas del Calvario!
Rosario Castellanos. Los convidados de agosto.
Algo debe tener agosto: la conjunción de planetas, los viñedos, Argentina…no sé. Pero Borges y Cortázar nacieron en este mes; alquimia más que suficiente para mí.
Adéndum: si lo sabe Dios, que lo sepa el mundo (nada más quítenle la parte del Gabo, que a mí en lo personal me da roña):
"Nada me ha parecido nunca más dulce que esos momentos de inmovilidad, sentada o tendida junto a los seres diversamente amados -o igualmente amados- durante los cuales no nos vemos uno al otro pero contemplamos las mismas cosas y el cuerpo permanece… con la ilusión de no ser, por un momento, más que dos miradas acordes"
Marguerite Yourcenar. Una vuelta por mi cárcel.
Tras las palabras del Doc Gurma, Malbicho, Menospausas, Ana, Sue, nuestro caballito con cuerno y todos aquellos que nos hacen el regalo de su tiempo para compartir miradas, delirios existenciales y demás trasfondos vitales, se pueden sentir las afinidades -que, independientemente de su “virtualidad”- enriquecen nuestro cotidiano transitar por este mundo de pirotecnia.
Merci.
(Léase con fondo musical “Llame por favor” de Real de Catorce).
Posdata entrometida. Ya me cansé de buscar la forma de subirles la canción de Real en la cajita musical, pero algo me falla (soy una inútil, se entiende). Pero en descargo de mi supina impericia técnico musical, momentáneamente les dejo esta deliciosa canción de Real de Catorce Medicina; sólo es temporal espero poder reparar mi vergüenza el día de mañana. Marichuy muy avergonzada
No lo han expresado abiertamente, pero lo saben; el radar parental es mucho más sensible que la electro-localización que utilizan los tiburones cabeza de martillo: nuestra sangre -como buen fluido- discurre, se derrama, y si no existen cauces, los crea –a lo Machado-.
Cuando asistí al ansiado viaje otorgado por las Olimpiadas del conocimiento (los concursos gubernamentales de la SEP y sus ingeniosos nombres, ya saben) mi madre intuía que había un pajarillo paradójico en el alero: con apego al nido pero amante de los trayectos fuera de éste, como había vaticinado la matriarca.
Con la representación retinotópica de Coatlicue en el Museo del Templo Mayor esculpida en el hipotálamo**, me dirigí a casa de otro de mis arquetipos básicos: mientras relataba las impresiones de mi mente de once años, la bisabuela me examinaba crípticamente; finalmente, su mano aterrizó en mi región parieto-temporal derecha.
**Como plasmara magistralmente Octavio Paz en Corriente alterna: “Más que una forma sensible, es una idea petrificada…Si la vemos realmente, en lugar de pensarla, nuestro juicio cambia…advierto su barbarie, no niego su poderío. Su riqueza es abigarrada pero es verdadera riqueza. Es una Diosa, una gran Diosa.”
“Te pareces mucho a la mamá de tu papá. Deberías ir a donde era ella: muchos frutos sólo conocen a las raíces cuando se caen del árbol, pero tú no. Te gusta andar de pata de perro descubriendo cosas.”
No dudaba que gran parte del amor profesado por mi padre se originaba en el parecido físico con aquélla mujer que falleció por un carcinoma gástrico avanzado cuando papá tenía veintiún años: ese retrato blanco y negro que tenía un lugar preponderante en el altar de Día de Muertos que mis abuelas maternas realizaban cada año con mi ayuda.
Entre los martillazos de mi Hefesto particular -que no forjaba rayos para el jefazo del Olimpo, sino ventanas y puertas para los mortales- se suscitó lo siguiente:
-Papá
-¿Qué pasó, mi’ja?
-¿De dónde era mi abuelita?
-De un pueblito de Oaxaca, se llama Zaachila.
-(…)
-¿Te acuerdas que me prometiste que me darías lo que yo quisiera si ganaba ese concurso?
-Sí, ¿qué quieres? ¿La bici? ¿El Nintendo? ¿Esos libros raros que siempre ves?
-No, quiero ir a ese pueblito que dices.
Se desconcertó –como de costumbre- ante mis solicitudes, pero también –ídem- accedió a ellas: solicitó información a sus conocidos acerca de la ruta hacia Oaxaca, y puesto que mi madre ayudaría a sufragar los gastos -por el adelanto de sus quincenas correspondientes al período vacacional- solicité la bendición de las abuelas y emprendimos el camino: uno que aún se labra hasta hoy.
“De todo me acuerdo, de todo. De cómo me sentí mal en las curvas entre Oaxaca y Puerto Escondido, en las curvas entre Tuxtla y San Cristóbal, en las curvas rumbo a Guelatao. De los árboles altísimos en los bosques alrededor de Toluca, de las barrancas profundas en la sierra, de la soledad y el calor al atravesar los cañones, de la impetuosidad de los ríos, de la luminosidad del aire y de la oscuridad del mar. Me acuerdo del cielo negro en las noches, de las nubes al mediodía, de los cerros, del agua de las fuentes, del frío que se sentía por fuera de la ventana y el vaho que quedaba por dentro. De todo eso me acuerdo, de todo.”
Dedicado a aquellos devotos del elíxir obscuro, que no dudan en ir en pos de su amada –bebida- aun cuando la vida se les vaya en ello.
Las fincas cafetaleras de Tapachula: Si bien Hamburgo fue la primera opción (por su mayor altitud y ergo, un clima más frío –merecido tras la ruta costera de Oaxaca y Chiapas-) nada demuestra mejor el ingenio del hombre que la improvisación (forma sutil de admitir que half a block away from heaven sólo es accesible en un 4x4). Mi padre hizo su mejor esfuerzo, y nuestro carricoche también, pero la voluntad divina sabía que nuestro lugar se encontraba a 600 msnm (más son nuestras memorias o metros sobre el nivel del mar, como gustéis).
20:30 horas. Papá exhausto tras el volante desde Juchitán (donde tuvimos el placer matutino de degustar un café soberbio), y su nictalopía no auxiliaba en el camino de terracería; mamá angustiada por la integridad de su Sport Van en el accidentado terreno; y su servidora agobiada por los dos anteriores (tanto circunstancias como personas). Mi adorado padre, hastiado, fatigado –esa maña de los adjetivos gerundescos; participios activos-pasivos en esta orgía de palabras- retornó hasta el punto de entrada de otra finca, Argovia. Lo que no imaginábamos era que a borde de carretera sólo se encontraba la publicidad de ésta en una bodega, por lo que el sinuoso camino se encontraba ya en la penumbra: suficientemente persuasivo para abandonar la aventura cafetalera. Así, mientras mis plegarias se dirigían al Santo Grano Tostado del Soconusco, ocurrió el milagro: una combi blanca, marcada con el presagio divino de La ruta del café, se acercó. El resto se torna borroso.
“Hijos míos: sus preces han sido escuchadas. Seguid la luz de los cuartos traseros y llegaréis a la tierra prometida”.
Empero, a la mitad del camino (justo entre la bruma que se elevaba del Río Cuilco, los pájaros que retornaban a sus hogares entre los enormes, vetustos árboles con raíces de formas increíbles- y el concierto ofrecido por la Sinfonía de los grillos) las luces parpadearon, originando análoga reacción de nuestros ojos que reflejaban la luz de aquéllos puramente mecánicos: el conductor descendió, y entre los sonidos irritantes del radio que sostenía en la diestra, pudimos escuchar claramente la voz de Asmodeo en aquel paradisíaco lugar:
Disculpen, ¿tienen reservación?
Tras la riña emotiva desatada interior del automóvil, no fue necesario aclarar que no la teníamos: la matriarca de nuestra mini tribu es acérrima enemiga de lo planificado (lo cual ha originado algunos inconvenientes, muchas sorpresas gratas -y otras que no lo son tanto- a lo largo de nuestros viajes). Íbamos a la buena de Dios (como llegó a apuntar la otrora matriarca mayor, mi bisabuela) y buena fe fue propicia: una de las cabañas se encontraba disponible. Tres días y dos noches entre cafetales, flores exóticas, multitud de aves…sin medios de comunicación masiva…tal vez no me encontrara a media cuadra del cielo, pero sí en el mismo barrio, seguro.
Entre el bosque húmedo tropical, uno podría pensar que las laderas están sembradas de: 1) pasto (comida para las vaquitas causantes de parte del efecto invernadero y la deforestación) 2) Pasto que se fuma (el que -según los adolescentes- no les daña el cerebro hasta dejarlos para el teletón)3) Pasto que se ingiere (eso que la gente llama té). Grande fue mi fascinación al descubrir una variedad de café que en la vida había escuchado: el Maragogipe.
Suelo tener arrogancia enólica, individualismo consciente kaffeinado–aunque en ocasiones me calo el disfraz de lanoso borrego- mas hago gala de inocencia sonriente ante una bella dama, a fin de que me permita realizarle un masaje con cacao mientras un concerto grosso de Corelli se diluye en un fondo crepuscular; ah, mis filias (olfatorias, visuales, táctiles y auditivas) siguen en orden riguroso su origen en los pares craneales: no puedo ir contra la neuroanatomía.
(…) “tanto el café como la humanidad aparecieron en la misma zona de África oriental. ¿Qué tal si algunos de esos hombres-mono probaron las bayas rojas? (...) ¿Podría este grupo de comedores de bayas ser el eslabón perdido, y la memoria de la brillante pero amarga degustación de la fruta el arquetipo de la historia en el jardín del Edén?”
La taza del diablo. Stewart Lee Allen.
Adéndum: múltiples granos Maragogipe ofrendaron heroicamente su aroma y sabor en este post al ser molidos trágicamente. (Continuará).
El voyerismo es un placer culposo, gozable en solitario y usualmente asociado a la complicidad de la oscuridad. ¿Por qué nos convertimos en voyeurs? No lo sé. Quizá porque vivimos en una sociedad en la que antes de nacer ya traemos impuesto el rol que debemos jugar, lo cual significa que habrá roles que nos estarán prohibidos y quizá por ello, desde niños nos obligan a cerrar los ojos ante diversas situaciones. No sabría determinar cuando empecé a fijarme en los hechos que por pudor se supone no debería. Son situaciones que me atraen con más embobamiento y admiración, que mero morbo. Desconozco el motivo, pero es algo me gusta tanto como me apena hacerlo; me angustia pensar que me van a descubrir y creerán que soy una entrometida; por ello, antes de que eso suceda... me autoterapeo, viéndome a mí misma como esos niños que codician los manjares expuestos en la vitrina de una dulcería, mientras sus bocas van haciéndoseles agua; entonces, de sólo imaginarme igual, yo salivando, reprimo mis instintos voyeristas y vuelvo la mirada hacia otro lado... casi siempre...
turista embobada
La turista caminaba plácidamente atrapada por la magia de esa tarde, envuelta en la luz rojiza que sólo el otoño es capaz de producir. El lugar estaba atestado, pero por esta ocasión le tenía sin cuidado ya que no pensaba tomar ninguna foto; odiaba esas imágenes tan típicamente turísticas. Ese día se únicamente se dedicaría a caminar y mirar, sin hacer ninguna otra cosa que dejarse acariciar por el suave viento de esa hermosa tarde, cuyo sol crepuscular dotaba de un singular encanto a la blanquísima basílica situada en lo alto de esa pequeña colina; como si esa idílica imagen no fuera lo suficientemente arquetípica, los viejos árboles que la rodeaban creaban un juego de sombras muy interesante "como de postal", pensó haciendo una mueca. Cavilaba en eso, debatiéndose entre sacar o no su cámara fotográfica, cuando vio surgir entre el mar de turistas y lugareños un hermoso y viril rostro masculino; el hombre debía tener unos 30-35 años, muy alto, con el oscuro cabello casi a rape. En ese momento le vino una idea para atenuar la cursilería de la foto: se la tomaría a ese bello ejemplar y así la iglesia con todo y sus aerolíneas sombras otoñales, solo sería un elemento más.
Se dispuso a sacar su cámara del estuche, pero la tapa se le cayó y cuando se incorporaba tras recogerla, su vista se encontró con dos manos masculinas entrelazadas, siguió elevando la mirada... hasta toparse con sus dueños: su prospecto de retrato ideal y otro hombre ligeramente más joven, quien lo contemplaba embobado. De pronto, el acompañante recién descubierto susurró algo al oído del otro y en respuesta, éste lo pegó a su costado y comenzó a besarlo. La turista se olvidó por completo de la cámara que tenía en las manos, quedándose muy quieta sin poder despegar los ojos de la pareja que se besaba con efusión contagiosa… la caricia masculina se prolongaba, mientras ella elucubraba que esa sí sería una gran foto: dos hombres besándose así y con el emblemático templo católico a sus espaldas. El beso debió durar apenas segundos, pero para ella el tiempo real había dejado de existir; ese era el momento preciso para captar les images a la sauvette, diría Henri Cartier-Bresson, de no haber sido porque a estas alturas, la turista... estaba como niño frente a dulcería, con la boca haciéndosele agua. Y mientras lo saboreaba, la pareja de enamorados, ajenos a su contemplación y a todo lo demás, terminaron de besarse y continuaron bajando la colina abrazados... y adiós foto.
PS Un film sobre un voyeur. Monsieur Hire es un hombre solitario que de tanto mirar a su vecina tras la ventana, termina enamorado de ella. El mal gusto, lo bizarro (en la acepción francesa del término), están ausentes. Este es un film casi lírico; un lienzo creado con trazos de melancolía, soledad, desamor y una que otra trapacearía, pero con una factura estupenda. Monsieur Hire (1989) de Patrice Leconte
Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos*.
Fernando Pessoa.
Advertencia: spoilers (o divagación altamente motafísica nociva para aquellos que se abstengan de dos litros diarios de café y una cajetilla de cigarrillos Cohiba o en su defecto un puro ídem).
*Teóricamente, este post y el anterior fueron escritos por la misma persona física, pero no se dejen engañar: no sólo parezco esquizotípica, lo soy (y no, no creo que el gobierno tenga aparatos de escucha altamente sofisticados en mi brazo, dije esquizotípica, no esquizofrénica ¡Patrick Bateman, ya te dije que te calles cuando estoy escribiendo!).
Érase un mar interior, cuyas perturbaciones rítmicas se originaban en sístoles y diástoles, en movimientos peristálticos: contracciones musculares lisas y estriadas. Un mediterráneo plácidamente homeostático: mamá estaba de buen humor, incluso expectante. Un mar aún más diminuto –mi endolinfa- sufría los embates de los frenazos de papá, removiendo las estatoconias, haciéndole conocer a mi neófita vía vestibular la fuerza de la aceleración lineal. La cóclea ignoraba que nuestro destino era el lugar donde habitan sus parientes moluscos: sólo captaba la ansiedad en la voz de mis hermanos.
Aun habituada –mas no adaptada ni conforme- a los tonos agudos de las voces de esos seres que mamá denomina niños -quienes son bastante molestos al presionar las paredes de mi sanctasanctórum- (parece que tendré que pasar por ser uno de ellos ¡horror! Espero que sea una fase efímera), puedo percibir que esto es mucho más prolongado que el trayecto de Morelos hacia el Estado de México y viceversa: el que mamá realiza durante la semana laboral (¿qué es eso?) para cumplir su servicio social…pobre, algo muy malo debe haber hecho para que la mandaran solita a San Pedro de los Comales eléctricos (que ¿paradójicamente? no conoce a los de la CFE) para educar 50 escuintles guerrosos; tal vez esto tenga algo que ver con los movimientos magisteriales (creo que es el jefe o el Dios de mi madre, algo así) creo que iban a protestar contra algo que se llama gobierno -el cual, según mamá, es un maldito opresor, igualito que los mocosos- entonces ¡Dales duro, ma’!. Desde mi perspectiva –lugar acogedor, comida previamente digerida, dramas familiares radiofónicos- no veo el por qué ponerse rejego… tal vez sólo me hace falta eso que denominan televisión (mamá no está de acuerdo, dice que mis circuitos neuronales no deben atrofiarse antes de desarrollarse plenamente). La escuela normal rural ha mutado a mamá, creo que hasta papá le tiene miedo.
Los movimientos de aceleración lineal y angular por fin disminuyen de intensidad; desafortunadamente, el bullicio externo es inversamente proporcional: voces extrañas (algunas espeluznantes -y a la vez tremendamente odiosas- que profieren cosas ininteligibles del tipo How beautiful beach!) ¿música? estridente. La taquicardia de mamá ante el incremento de sus catecolaminas por la visión de la inmensa masa de líquido me torna aún más irritable; tengo que expresar mi desacuerdo: en vista de que aparentemente mis movimientos de estiramiento le resultan agradables (las endorfinas son una cosa muy buena, ¿sabían? me pregunto si fuera de aquí hay alguna actividad que las libere…puesto que hay tantos entes infantiles, supongo que es algo relacionado con ellos –ni modo, habrá que sacrificarse-) permaneceré en huelga de movimiento (voy aprendiendo de mamá y sus métodos de inconformidad). No funciona. Hummm...tal vez halando esta tripa azulada que me mantiene unida a mi fuente de alimento capte su atención.
Mala idea (nota personal: no traccionar el cordón umbilical ni morder la mano que alimenta –para cuando salga de aquí-). Vamos a aplicar la idiosincrasia mexicana: Si no es Chana, es Juana. Movilizarse, alborotar el orden establecido: parece rendir mejores resultados. Mi bisabuela (el único ser que defiende la idea que seré la mujer que heredará sus joyas, puesto que el resto de familiares, conocidos y metiches bienintencionados desinteresados con métodos de validez científica comparable a los estudios doble ciego aleatorizados controlados -como la forma de su abdomen o el movimiento de una cadena- han profetizado que seré varón) sugiere que mi madre camine hacia la playa más remota –y por ende- solitaria, con la finalidad de que “El mar me calme porque la gente me enmuina” Bien por usted, Abuela Sauce*. *Para qué negarlo, esa película me estimuló las glándulas lacrimales a todo lo que daban por ese personaje -tan conocido y cercano- (y eso que aún te encontrabas a mi lado): el arquetipo vivo de la bondad que sólo concede la sabiduría.
Gracias a este aforismo, el ruido se transmutó en murmullo, y posteriormente en rumor in crescendo: movimiento hipnótico de un fluido que, en virtud de sus sales disueltas, sustentaba vida, como la sangre y el líquido amniótico. Abandoné mi frenesí mecánico para percibir mejor esa sensación. La voz de mi bisabuela no perturbó en absoluto la paz que retornó a mi microcosmos: la reforzó.
“Hija, esto es el mar: agüita, como la que tienes. Dicen que el mundo tiene más agua que tierra. Yo he visto más tierra, desde Guerrero hasta allá arriba, a Tijuana. Es muy lejos; y eso, nomás aquí. El mundo es muy grande. Yo he recorrido caminos buscando al Dios que se me llegó a perder. Pero algo me dice que tú vas a andar buscando otras cosas, que sólo nuestro señor sabe qué serán”.
Supongo que mi bisabuela debió vaticinar que deambularía por los vericuetos de este país tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos, que disfrutaría la comida, los paisajes, pero me dolería la gente (sólo Los otros) –porque mi fobia social era a los conglomerados, no a los segregados múltiples: toda la diferencia humanamente posible cabe allí-. El reflejo de los presagios de esta mujer extraordinaria lo encontré en el séptimo arte, plasmada en El Sabor de la Vida (ó un toque de canela) de Boulmetis:
“Existen dos tipos de viajeros en la vida, aquellos que parten y aquellos que retornan, los primeros miran el mapa, los segundos miran al espejo”
Y sin embargo…
Mis viajes más bellos, los más dulces, los he hecho al calor del hogar, con los pies en la ceniza caliente y los codos reposando en los brazos desgastados del sillón de mi abuela [...]. ¿Por qué viajar si no se está obligado a ello? [...].Es que no se trata tanto de viajar como de partir; ¿quién de nosotros no tiene algún dolor que distraer o algún yugo que sacudir?
La cocina siempre me ha parecido apasionante; me inspira calidez; un lugar idóneo para encontrar resguardo y calor... entre fogones y cazuelas. Cocinar es mezclar ingredientes, aromas, tradiciones y emociones; un mundo en el que los sentidos se exacerban; la cocina es creatividad, pasión, sensualidad y seducción. Siempre he creído que la mano, la imaginación, la inspiración y la sensibilidad de un cocinero pueden ser más importantes que la propia formación académica. No digo que no haga falta aprender, pero sí que el tener conocimientos vastos no necesariamente implica ser buen cocinero. En el arte culinario una buena técnica sin pasión no alcanza para producir un platillo memorable y eso es de lo que se trata aquí, de lograr que los sabores y aromas perduren en nosotros mucho tiempo después de haber sido degustados, junto con el recuerdo de ese momento especial en que los probamos por primera vez, aquella ocasión en que fuimos seducidos con ese platillo exquisito –ojo: exquisito no quiere decir alta cocina. Platillo como medio de seducción y el chef como el gran seductor.
Otra gran pasión, el cine, puede resultar una excelente vía para acceder a la cocina, aunque usted no lo crea. Cuando el cine, la cocina... y el amor se mezclan, el resultado es triplemente apasionante. Largo es el amasiato entre cocina y cine (aunque no tanto como el existente entre comida y erotismo); no voy a refirme a la historia cinematográfica-culinaria, en primera porque no es el objetivo de esta entrada y en segunda porque hacer algo medianamente decente requeriría de mucho tiempo y espacio a fin de no dejar fuera ningún film valioso.
Lejos del llamado cine de arte y de cualquier pretensión irreverente o sórdida, existe un sencillo pero grato ejemplo del apetitoso triángulo cine-cocina-amor, el film alemán Drei Sterne/Bella Martha (2001)/Deliciosa Marta/. Deliciosa Marta es una película sencilla, cero pretenciosa y quizá ahí radique su encanto, pues resulta disfrutable para verse sin prisas ni remilgos. La premisa es atractiva y me parece bien llevada, aunque no exenta de un desarrollo previsible: enfrentar dos formas de concebir el arte culinario, pero sobre todo, dos maneras de entender e imaginar la vida. De un lado, el perfecto orden y rigor alemán; del otro, la ligereza y disfrute por la vida italiano. El lado alemán es femenino, personificado por Marta (Martina Gedeck, la misma actriz de La vida de los otros), ella es la chef jefe del Lido un restaurante de Hamburgo. Marta es obsesiva, perfeccionista y rigurosa; elabora la receta perfecta, con las cantidades precisas, a la temperatura idónea y durante el tiempo de cocción exacto; no soporta ningún tipo de alteración ni desorden, su cocina es inmaculada. Y con ese mismo rigor lleva su vida personal, vive sola, no se permite exteriorizar sus emociones y no parece estar preparada para dar ni recibir amor; es medio neurótica. Pero un día, su planificado equilibrio -lo que ella cree así- se ve amenazado desde dos frentes: en su vida personal irrumpe la muerte de su hermana, madre soltera de una niña de 8 años, convirtiendo a Marta en improvisada madre sustituta y como si eso no fuera suficiente, al Lidollega un chef italiano de nombre Mario (Sergio Castellito), quien es la antítesis de Marta: simpático, despreocupado, desordenado, gozoso practicante del cocinar. Así, de la noche a la mañana, la pobre Marta ve cómo se tambalea su perfecta y sincronizada vida, al tiempo que su otrora iimpecable cocina pasa a ser un cochinero total… con sabor italiano: Mario cocina como un Dios, pero es incapaz de lavar una cazuela.
Lo que sigue es lo usual: los opuestos se atraen. Pero aún con dosis de previsibilidad, la cinta –cual plato de Spaghetti alla puttanesca cuyo sabor ya hemos probado, pero igual disfrutamos con placer nuevamente- se deja ver con agrado; las actuaciones son buenas. El asunto se prestaba para melodramas lacrimógenos y aunque por momentos raya ligeramente el borde de la sensiblería, afortunadamente no cae de lleno en ésta y tampoco se solaza en un endulcoramiento excesivo. Film sin pretensiones, pero con encanto y que después de ser mirado invita a cocinar, a entrar en calor y a experimentar con mezclas de sabores, dejando de lado prejuicios en torno a los placeres culinario y amoroso. Claro que los efectos no duran para siempre, como todo placer... son efímeros, pero un buen rato, libre de pesares cotidianos y catástrofes financieras... no viene mal de vez en vez.
Que las malas lecturas son frecuente causa de la perdición de las almas
es cosa que se ha repetido, sobre todo entre gente poco aficionada a leer.
Julio Caro Baroja
Amada mía:
Estas líneas serán las vetas que marcarán el marfil de tu carne madura; estrías obscuras como las venas bajo tu piel aromáticamente perturbadora: aun en el Sanctasanctórum de la biblioteca el rumor de la marea de tu sangre permanece constante, sumergiéndome en el éxtasis. He seguido los pliegues losángicos de tu superficie como un botánico fanático de la dendrocronología. Tus dermatoglifos se funden con la escritura cuneiforme de las enciclopedias.
He recorrido múltiples sótanos en la búsqueda de tu inmortalidad física. El buen Anthony Askew me mostró un tratado de anatomía con exquisitas pastas; el querido John Hunter ha terminado su Tratado de enfermedades de la piel y la ha cubierto con una de aspecto lozano, perenne; ha tenido la delicadeza de obsequiarme un ejemplar. ¿Recuerdas su destreza para diseccionar el pollo en la mesa? Fue un banquete inolvidable, amor mío.
¿Recuerdas París? ¿El museo Carnavalet con su copia de la Constitución francesa de Cassagnac, con su delicado encuadernado verde pálido? ¿Al Doctor Cornil y su edición de Mercier de Compiègne, L’eloge des seins? Sí, sé que lo recuerdas. El pezón que adornaba el centro de la primera de forros estimuló no sólo tu curiosidad, sino tus corpúsculos de Pacini, Meissner y Ruffini, de forma análoga a como los tuyos excitaron los míos.
Oh, querida, pero ninguno como la colección de panfletos del cirujano holandés Bernhard Siegfried Albinus, y la encuadernación encargada por el buen Hans Friedenthal: ébano epidérmico, plata y mezzotintas de color; con su estuche negro y un conjunto cardiopulmonar bordado en amarillo de Chirico; su frase épica “Piensa cuando estés aterrorizado por otros hombres… de tu propia piel”. No he podido concebir mejor envoltura para una disertación acerca del color de piel de los etíopes.
Amada mía, al fin te he encontrado en los sonetos de Petrarca, justo al lado de los tomos acerca de la encuadernación antropodérmica. Ah, querida: cuánta pericia requirió conservar tu olor intacto, que predomina armónicamente sobre el papel y la tinta; tu piel y las letras: mis eternos amores.
Adéndum: hoy sólo recibo saludos siniestros, como su servidora. ¡Por la siniestrofilia! ¡Por un universo levógiro! (Sí, es publicidad no pagada de No a la opresión diestra.org).
Es verano y ellas también salen de vacaciones; optando, quizá, por tomarse un respiro en las islas griegas y mojar sus deseos y sueños en las aguas del Mar Egeo... lejos muy lejos de mi pequeño mundo. Se han ido a tomar baños de sol, dejándome en completa indefensión. Las Musas me han abandonado. Y no las culpo; ni siquiera cabe la posibilitad de competencia. Entre disfrutar de las delicias que ofrecen esos lugares paradisíacos, cargados de cultura ancestral y quedarse al lado de una mente dispersa, poblada de divagaciones eclécticas y desordenadas... no hace falta ni pensarlo. En su lugar, yo haría lo mismo.
Y mientras ellas gozan y se solazan en el goce hedonista, yo estoy aquí... vacía de ideas. O más bien, llena de ideas, pero más dispersa y divagante que nunca. Y añorando a Las Musas, me acordé a una mujer que fue mucho más que una Musa; pero a quien durante mucho tiempo sólo se le recordó por ese carácter, así como por su tormentosa relación con el hombre a quien sirvió de inspiración. Un hombre que a la larga terminaría inspirándola... y haciéndole mucho daño: Camille Claudel. La mujer que durante años permaneció a la sombre de Auguste Rodin, de quien fue discípula, amante, fuente de inspiración; pero también, digna competidora artística.
Amor y locura. Amar hasta la locura... suena bien. Parece tan romántico como apasionado. Pero vivirlo y sufrirlo, padeciendo por años sus consecuencias, al punto de perderse en las sombras que nublan la razón, dista mucho de ser algo idílico. Ese aforismo de Nietzsche "en el amor siempre hay algo de locura, más en la locura siempre hay algo de razón", bien podría servir para ilustrar de manera sucinta el derrotero de la talentosa, sensible y hermosa Camille Caludel, quien en sus esculturas -sin duda marcadas por el estilo de su maestro Rodin, pero totalmente enriquecidas con su propia fuerza y sensibilidad- plasmó todo lo que le bullía en su exquisito y lacerado espíritu.
Alguna vez soñé con ser Musa de alguien; un ser ignoto dotado con un espíritu sensible y creador. Lo más cercano que estuve, fue un novio aprendiz de poeta y escritor. Linda persona... pero a veces la ganas y la voluntad no son suficientes: falló la química y nunca llegamos a encontrar nuestra verdadera inspiración. Faltó algo que me encendiera la chispa y se me fue la posibilidad de ser su Musa. De ser Una Musa. Ni hablar. Así que ahora, en lo que Las Musas pasean sus languideces por las Islas Griegas, quizá con el deseo de reencontrarse con el espíritu de Zeus yMnemósine,tendré que inventarme un aviso de ocasión:
Mente dispersa, ecléctica y divagante -amén de desordenada- busca Musa o Muso o una combinación de ambos. A cambio de su invaluable e impagable ayuda, ofrece su agradecimiento eterno y la calidez de un sincero abrazo virtual. La situación es angustiante
Atentamente La desesperada divagante
Camille Claudel. Photographie CESA H 30 Rue Delambre París, hacia 1883 Escultura: La Valse Camille Claudel (bronce)
mi memoria empieza ser como yo: infiel [René Avilés Fabila]
Cuando leí por primera vez esta frase mi pensamiento
inmediato fue que esto debía resultar muy cómodo, sobre todo cuando lo que se
olvida es lo que no nos conviene recordar. Y sucede que releyendo ciertos
pasajes de Tokio Blues, me
reencuentro con Watanabe -el narrador- doliéndose de ya no poder recordar con
exactitud el rostro de Naoko. Ella que le importó tanto en su pasado, ¿cómo puede ser, si apenas
han transcurrido veinte años desde entonces? Puede rememorar sus largas caminatas por la ciudad,
aquellos domingos en que ambos intentaban sobrellevar la soledad y aliviar sus
mutuas carencias emocionales caminado sin rumbo fijo. Watanabe se pregunta cómo
es posible que antes bastase pensar en el nombre de Naoko, para evocar con
precisión cada detalle de ella: desde el perfecto óvalo de su rostro, la
tersura y limpidez de su blanca piel, pasando por el brillo de su pelo color
azabache. En cinco segundos él podía tenerla perfectamente delineada en su
mente, casi como si la tuviera enfrente. Y ahora no puede. La memoria es
extraña y manipuladora, se dice Watanabe -y nos dice Haruki Murakami-, porque
si bien no puede dibujar tan fácilmente el rostro de Naoko y ni siquiera
reconstruir cómo fue aquella noche en que terminaron haciendo el amor,
asombrosamente puede ver en su mente algunas de las visiones que Naoko solía
tener y que él nunca pudo ni siquiera imaginar, pese a la profusa descripción
que ella le hacía. Ahora recuerda con claridad un paseo nocturno por el bosque,
vuelve a su mente el sonido cálido de la voz de Naoko describiéndole el pozo
que -según la chica- se abría ante ellos en medio de ese paraje arbolado.
Veinte años atrás cuando Naoko aseguraba estarlo viendo, Watanabe sólo podía
sentir pesar por ella pues semejantes alucinaciones revelaban un profundo
trastorno mental. Y sin embargo, hoy que Naoko se ha ido para siempre, cuando
su patria y su vida de entonces le parecen de tan lejanas, casi inexistentes,
Watanabe puede ver con precisión aquel pozo y hasta sentir un frío estremecedor
recorriéndole el cuerpo... tan sólo de imaginarse de pie al borde de ese
profundo y oscuro pozo.
¿Por qué ahora sí puede y en aquel entonces no? Y
nosotros los lectores podríamos aventurar que, tal vez, él también esté empezando
a ser víctima de los mismos trastornos de Naoko. O que quizá sea víctima de una
mala jugada por su mente, con el objetivo oculto de reivindicar la
memoria de Naoko. Quienes leemos la historia sabemos que Watanabe no padece
ningún trastorno, así que sólo nos queda elucubrar que si veinte años después
de aquella noche él es capaz de tener la visión que le fue negada entonces, es
porque se encuentra a miles de km de su país, a años luz del tiempo en que
amaba y sufría por Naoko, distante de aquel dolor que hoy le parece
inconcebible, como inconcebible le resulta creer que el hombre que es hoy sea
el mismo chico que a los veinte años sentía culpabilidad por amar a la novia de
su mejor amigo muerto. Ya no sufre, quizá por ello es que puede recordar...
hasta aquello que nunca existió.
"físicamente habitamos un espacio, pero, sentimentalmente, somos
habitados por una memoria. Memoria de un espacio y de un tiempo, memoria en
cuyo interior vivimos, como una isla entre dos mares: a uno le llamamos pasado,
a otro le llamamos futuro"[José Saramago]
Es más que un lugar común afirmar que en estos tiempos, cuando más y mejores herramientas de comunicación existen, paradójicamente sea la época en la que peor comunicados estamos. Y sin embargo, este cliché, casi verdad de Perogrullo, es absolutamente cierto.
En el siglo XXI, la Internet se ha convertido en el principal canal informativo y al mismo tiempo, en el medio de comunicación más utilizado. En este siglo, el desarrollo tecnológico en materia de comunicación ha llegado a límites hasta hace unos pocos años sólo concebibles en alguna novela de ciencia ficción. Hoy día, los artefactos de comunicación -en especial, pero no únicamente, el teléfono celular- han devenido en nuestro apéndice, más que nuestro brazo derecho. No contar con teléfono celular de última generación, es visto como sinónimo de retraso, de estar out y por supuesto, de falta de estatus. La dependencia de este pequeño aparato es tal, que hasta cuando desahogamos nuestras necesidades orgánicas primarias… lo tenemos con nosotros.
Y qué decir de la proliferación de websites. Desde los casi arcaicos blogs [uno de los primeros albergues en donde encontraron refugio -y compañía- los solitarios de la era global; lugares donde se dan cita las soledades acompañadas], pasando por foros de la más diversa índole, hasta llegar a las “redes sociales” mediante las cuales podemos localizar o reencontrarnos con amigos y familiares de quienes no habíamos tenido noticias en años. La más famosa: Facebook. Redefiniendo los avisos de ocasión publicados en periódicos provincianos de antaño, basta con que usted cree su facebook y suba a él sus fotos acompañadas de algunos datos personales fundamentales, para que en menos tiempo del pensado algún ex compañerito de kindergarten o primo en tercer grado de quien no había tenido noticias en 20 años... reaparezcan en su vida… virtual. Y junto al facebook, el más nuevito de los juguetes virtuales: Twitter. El cual ofrece el plus de ayudarnos a desarrollar la escritura sucinta y la agilidad mental. Nada de choros interminables, twitter promueve el viejo lema de “lo bueno y breve… dos veces bueno.” Además, hay que esforzarse por ser originales, lo cual, para efectos prácticos significa volverse hábiles en la confección de haikus noticiosos o de los tópicos del momento. Y es que hay días en que la mayoría de los twiteros, canturrean la misma tonadita... eso sí, cada quien en su muy original estilo.
Y así podríamos seguir comentando sobre la gran cantidad de websites que nos permiten acercarnos y contactarnos con infinidad de personas, porque si algo es innegable eso es el extraordinario desarrollo que la comunicación virtual ha tenido.
Sin embargo, sufrimos los efectos de la incomunicación, o en el mejor de los casos, de una comunicación deficiente. Y es que una cosa es intercambiar ideas, comentarios y gorjeos diversos y otra muy distinta… comunicarnos. Ya no se diga hablar el mismo idioma. Es curioso cómo en un mismo sitio virtual, dentro de un mismo post o foro temático, podemos encontrar posiciones tan encontradas, lo cual por sí mismo es positivo pues nada como la diversidad de pensamiento para enriquecer el conocimiento, mi comentario va en el sentido de que a veces, dentro de un intercambio de comentarios y mensajes tal pareciera que cada quien habla de algo diferente: de pronto es como si estuviéramos jugando al antiquísimo “teléfono descompuesto”. Y aquí está el quid: no sabemos escuchar al interlocutor; vamos escuchando nuestro propio soliloquio y cuando vemos el mensaje del o los interlocutores, simplemente acomodamos sus palabras acorde a lo que nos interesa, desvirtuando no pocas veces lo dicho o escrito por los demás. Y es que a la par de la incomunicación, el Siglo XXI es el siglo del individualismo, por contradictorio que parezca, en plena era global somos más individualistas que nunca.
Parafraseando a André Malraux, hace algunas décadas podríamos haber “vislumbrado” que:
El Siglo XXI será humanista [en lugar del espiritual atribuido al escritor francés] o no será.
Y a nueve años de iniciado el presente milenio, lo entrevisto ha resultado muy distinto: el Siglo XXI es altamente tecnológico e informático, pero poco o nada humanístico. Y es posible que en esa alarmante deshumanización que vivimos hoy día, radique la incomunicación: no puede haber una verdadera comunicación, cuando tanto emisores como receptores, estamos demasiado centrados en nosotros mismos; perdidos en nuestros propios pensamientos e ideas, como para prestar atención a lo que dicen los demás.
Nuestra comunicación resulta meramente superficial y –las más de las veces- absolutamente impersonal… eso sí, siempre efectuada mediante los más modernos adminículos tecnológicos y a través de los más novedosos sitios virtuales y es que...
... no exhibirse en facebook ni gorgorear en twitter... es igual a estar out
“Qué bellas y ellos qué bellos con su look de Facebook y los últimos hits en su caja de bits y su Twitter y su Peter y su Pan y su ser sin saber a dónde van”
*/Alevoso Canalla/[a quien agradezco haberme permitido utilizar su pequeño poema en este escrito] es un Escritor devenido bloguero, desde ya... mi próximo novelista favorito; sólo es cosa que la –sobreviviente sempiterna de tantas crisis económicas, batallas mafiosas y egolatrías rampantes- Industria Editorial Mexicana... tenga a bien publicar su primera novela, llamada probablemente País de Canallas