A las dos de la tarde del penúltimo día del mes de mayo, el sol cae inclemente sobre la ciudad. El viento apenas sopla a intervalos y lejos de apaciguar el calor, parece acrecentarlo trayendo consigo ráfagas ardientes. La ciudad es presa del aletargamiento, como aturdida por el bochorno que anticipa la fiereza de la canícula ya próxima. Huyendo de ese adormilamiento citadino, los amantes buscan un refugio; un oasis en medio de ese desolado panorama de asfalto, motores y smog. Después de deambular incesantemente, por fin lo encuentran en esa fuente, que hasta antes de su llegada lucía incompleta y algo solitaria.
El agua que cae desde lo alto los acaricia, llenándolos de frescura y tranquilad. Se siente tan bien estar en ese remanso de quietud y silencio, apenas interrumpidos por el sonido del agua al caer. Los amantes han decidido quedarse para siempre en ese refugio.... que ya nunca más lucirá incompleto ni solitario.
“Estando despierto o cuando me duermo, la dulce memoria de hermosas fuentes me ha acompañado durante mi vida. Me vienen a la memoria fuentes maravillosas, las fuentes de mi niñez; los vertederos de agua en los sobrantes de las presas; los aljibes y los estanques (…) y desde los viejos acueductos, perennes recuerdos de la Roma imperial, que desde perdidos horizontes acarrean su tesoro líquido para dejarlo caer como cintas de arco iris en una cascada.”
Luis Barragán
Arquitecto mexicano









